DIARIO DE CAMPAÑA: EL ESTADISTA, LA GRANDEZA DE LO PEQUEÑO Y LOS VOTOS DE LOS SUCUCHOS

Que Don Pepe Batlle fue un estadista nadie en el Uruguay lo discute. Que fue el promotor de grandes políticas, menos. Pero las expresó maravillosamente en pequeños gestos, como el de ir a visitar a los anarquistas que quisieron hacer volar su coche e interesarse por ellos. Enorme gesto de humanidad y exquisito símbolo de una política integradora y visionaria.

Que Wilson Ferreira Aldunate fue un estadista, aunque nunca haya sido formalmente electo presidente, nadie lo discute. Que fue el promotor de un excepcional grupo técnico y político que hizo de los mejores diagnósticos y propuestas sobre la economía agraria del Uruguay y sus perspectivas, tampoco. Vale acotar, para los cortos de espíritu, que en dicho grupo sobresalía un joven y brillante economista al que cariñosamente Wilson apodaba «tupita» por sus inclinaciones izquierdistas: Danilo Astori. Pero también Wilson expresó de maravillas su talla en pequeños gestos, como saludar desde su lecho de muerte la visita del ingeniero Del Campo como la del «futuro intendente de Montevideo». No fue intendente Del Campo, pero no es el punto. Lo sustantivo en la anécdota es que el líder que cautivó muchedumbres, en esas simples palabras manifestó su espíritu mayor. Dijo que moría él, pero que su partido, el Partido Nacional, y su país, el Uruguay, lo trascendían e incluso daba su opinión postrera sobre cómo actuar en él. Pautó claramente sus prioridades vitales, en las horas más difíciles de todo hombre. ¡Cuánta grandeza en un simple saludo!

Que el General Líber Seregni fue un estadista, es indiscutible. No soy nada objetivo al respecto, pues al General lo admiro y además lo quiero, en ambos casos profundamente y en tiempo presente. Su conducción del Frente Amplio, ejemplo de expresión absolutamente democrática de izquierda, es un aval harto elocuente. Pero también lo son pequeños gestos. Como, durante su primer período de prisión, la meticulosa y diversa preocupación por aspectos prácticos de su familia, por la economía del país y hasta por moverse constantemente siguiendo un hilito de sol en su estrecha celda para mantenerse saludable, como describe su admirable correspondencia que compilara Blanca Rodríguez.

Cuando el Plan Ceibal era apenas una incipiente experiencia en Villa Cardal, el Dr. Tabaré Vázquez relató con los ojos encendidos de alegría, en un Consejo de Ministros, como los niños de dicha Villa habían subido a YouTube el nacimiento de un ternero a partir de sus flamantes laptops. En ese pequeño gesto, tan cargado de humanidad y sencillez tejana, se reflejaba el mismo estadista que se plantó firme ante los excesos del gobierno argentino, el que hizo de la conjunción de estabilidad macroeconómica con políticas sociales profundas y de relaciones laborales justas, una lección aprendida para todo el Frente Amplio. E incuestionable orgullo de la gran mayoría de los uruguayos, de distintos partidos, que coincidimos en sentir que tenemos un gran Presidente.

Los estadistas ven en grande y a lo lejos, pero saben proyectarlo en gestos cotidianos y simples, de esos que la gente nota en lo inmediato y en su propia vida.

Hay quien dice que el Pepe Mujica vive en un sucucho. No lo sé, nunca estuve en su casa. Sí sé que cuando nací, mis padres vivían en un sucucho. Sí sé que después su arduo trabajo les permitió tener una amplia casa, que la tablita monetarista de Valentín Arismendi hizo trizas. Y que luego, ante la opción de que yo estudiara o ellos vivieran bien, optaron por vivir en un sucucho peor que el de sus inicios y que su hijo pudiera formarse. Vuelta a un sucucho, por amor a su hijo. Por amor a la educación. Por amor, bah.

Muchos uruguayos vivimos o hemos vivido en sucuchos. Sobre todo, cuando haciendo ese sacrificio hacemos posible que nuestra descendencia viva mejor, por ejemplo.

Yo no sé si el Pepe Mujica vive en un sucucho, ni me importa. Ni me importa si usa traje. Pero sé que es un estadista.

Repasemos la formidable tarea política realizada en los últimos 25 años fundamentalmente por el Pepe Mujica, con el insoslayable apoyo de Eleuterio Fernández Huidobro, y con pocos pero fundamentales años de presencia física de Raúl Sendic. Veamos en ellos a pilares de institucionalidad, de prudencia y sapiencia política, con todas las cicatrices del mundo en su lomo, abrazando el camino del avance gradual pero sostenido, completamente democrático. Y lo vio la ciudadanía, que le dio en las últimas elecciones a la lista 609 con el Pepe a la cabeza y el Ñato en segundo lugar, más votos que al mismísimo Partido Colorado. Todo un balance de la construcción institucional y política de tantos años, y absolutamente inapelable.

Pero también recordemos, a comienzos de este gobierno, el «asado del Pepe», objeto de tantos comentarios fútiles, pero que significó que para muchísimos uruguayos, el asado volviera a ser parte del menú. Y a cargar de proteínas a los gurises. Y a facilitar espacios de socialización fundamentales en nuestra cultura, como el reunirse en torno a las tiras de asado dorándose lentamente en las brasas. Y en mil y un gestos posteriores, el Pepe ha mostrado una doble condición, esa que define a los estadistas. Estar tan atento a la evolución de la economía de bienes y servicios a nivel global, de la ciencia y la tecnología, como a las mil pequeñas cosas que hacen a la vida de los uruguayos concretitos y de a pie, que miran el precio antes de elegir los fideos. Porque muchos no tenemos grandes recursos. Bienaventurados lo que los tienen. Pero muy pocos son, y si llegan a entender cabalmente cómo se ve la vida desde un patrimonio muy magro, no será bienaventuranza. Será milagro.

En pocos días los uruguayos tendremos varias excelentes opciones entre ciudadanos que se postulan a la Presidencia de la República. Excelentes opciones, de muy distinto estilo, procedencia, ideología y proyección al futuro. Hay quien dice que uno de ellos vive en un sucucho. No lo sé. Sí sé que entre excelentes candidatos, hay un estadista. No por linaje, sino por conducta. Porque ve lejos, pero no se olvida de los muchos uruguayos que cuentan lo pesos y viven en viviendas modestas. Sucuchos para algunos, pero que los uruguayos normales conocemos como las casas de nuestros amigos, primos, vecinos, o de nosotros mismos. Y que los uruguayos de buena fortuna, pero que ven a mediano y largo plazo, que entienden que un Uruguay digno de vivirse es un Uruguay integrado y sin aberrantes polaridades, llaman dignos hogares y desean que prosperen. Pues a mayor inclusión y menor ostentación de diferencias, más paz y sustentabilidad. Muchos uruguayos exitosos e incluso ricos saben que deben confiar los próximos cinco años a quien es capaz de ver en sucuchos y hermosas residencias, dignos hogares llamados a brindar plenas oportunidades a sus hijos.

Ese candidato estadista, se llama José Mujica. El Pepe. Su voto, querido lector, hace la diferencia. El mío ya no. Porque desde el fondo del alma y en honor a los sucuchos en que vivieron mis emigrantes bisabuelos, mis adorados viejitos, a los que he vivido yo, en los que viven y han vivido tantos amigos, tantos trabajadores uruguayos, mi voto va al estadista que nos integra y une, que mira al mismo tiempo al mundo y a los precios del supermercado de la esquina. Va al estadista José Pepe Mujica, el de la digna y fecunda chacra, donde cada día despuntan bellas ideas y flores.

|*| Analista y matemático

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