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HABLAR AL PEPE

Encontrar referencias o información sobre Uruguay en la prensa internacional resulta una tarea tan ardua como habitualmente infructuosa.

No es que sobre el resto de América Latina abunde y mucho menos aún que cuando aparezca se encuentre contextualizada o induzca a curiosidad y ejercicio reflexivo. Pero Uruguay es algo así como un agujero negro para la agenda informativa mundial y para el debate y análisis de modelos políticos comparados. Podría suponerse que esta es una consecuencia natural de la construcción de hegemonía de los oligopolios de la palabra y la interpretación, en manos de los grandes poderes conservadores. Sin embargo, otro tanto sucede con la prensa alternativa, contrahegemónica o de izquierda. Será muy difícil encontrar información o análisis en sitios como Rebelión, Red Voltaire o La Haine, para citar sólo algunos ejemplos de publicaciones digitales que no están restringidas a la superficie de papel y sus costos, como los medios gráficos tradicionales. Con más razón, sucede otro tanto en diarios como Página/12 de Buenos Aires o La Jornada de México en los que podría esperarse algo más que alguna esporádica referencia. No obstante, esto no excluye que subrepticiamente pueda aparecer algún relámpago mediático producto de nubes tormentosas adecuadamente sopladas siempre desde la derecha.

Los intelectuales, historiadores y periodistas tendrán además, serias dificultades para hacerse de fuentes primarias fuera de las fronteras orientales. Sólo los cuatro diarios principales pueden ser leídos libremente por internet aunque con desigual apego a la edición impresa según los casos. No así los semanarios más influyentes a los que sólo se accede insólitamente mediante pago. En la metrópoli exterior más próxima a la capital uruguaya es posible adquirir en algunos kioscos céntricos selectos o en el aeropuerto sólo «El País», «LA REPUBLICA» y «Brecha». En Buenos Aires, la búsqueda de «Búsqueda» es inútil, aunque curiosamente sus recortes fragmentarios y enfatizaciones del también inhallable libro «Pepe. Coloquios» sostuvieron por días titulares escandalosos y artículos de los diarios Clarín y La Nación, elaborados seguramente sin conocimiento alguno de las fuentes y el contexto de su producción. Pero el amarillismo no necesita totalidades ni contextos porque vive del retazo selectivo. Los lectores de esos y otros diarios del mundo no tienen oportunidad de divertirse con la motosierra de Lacalle, con sus precisiones arquitectónicas sobre sucuchos y cuevas, o con las ofertas del supermercado político nacional. Menos aún conocen que ochenta mil atorrantes que no hacen nada contarían con baños y peluquería.

Si bien parte de la explicación del mutismo puede remitirse a la escasa magnitud del país (geográfica, económica y poblacional) esta es sólo la epidermis visible de una combinación de procesos ideológicos (de los que jamás podrá excluirse el silencio) de mayor nivel de complejidad. Es la particularidad del modelo uruguayo de construcción de poder popular, de gestión y transformación de la realidad social (incluyendo sus tibiezas) el que no encaja en los estereotipos teóricos y la formatización programática y organizativa de las ortodoxias de izquierdas de toda laya, ni mucho menos en la avidez idealizada de sus cronómetros. En ellas no está prescripto lo que fue y lo que es el Frente Amplio con su inédita y trabajosa convergencia de expresiones partidarias de muy diversa procedencia, incluso aquellas completamente enfrentadas en otras latitudes. Tampoco sus partes constitutivas tanto en momentos fundacionales como en la actualidad. Desde el PCU, que no puede ser reducido a los clisés del estalinismo dominante en buena parte de América Latina, al movimiento tupamaro y sus distancias respecto al foquismo, hasta la socialdemocracia (si realmente la hubo), ni el movimiento trotskista, particularmente respecto a sus versiones más desarrolladas como en Argentina o Bolivia. Tampoco en lo que refiere a los movimientos sociales y las organizaciones de lucha de la sociedad civil, desde el PIT-CNT respecto a las organizaciones sindicales tradicionales y las experiencias de su burocratización, hasta el nivel de influencia del feminismo o el movimiento de derechos humanos. Sólo la experiencia del Partido de los trabajadores en Brasil, aunque no idéntica, pude parecérsele y alentar una asociación de modelos a escala de una experiencia histórica. También la muy distante y efímera existencia del Frente Popular en la España de 1936 previa al golpe de Estado que produciría la guerra civil española.

No será la primera vez que sostenga en este espacio que las experiencias uruguaya y brasileña son las únicas dos construcciones políticas y sociales de unidad probada y sostenida en el tiempo de la izquierda y el progresismo en la historia de la modernidad, mereciendo en consecuencia un detenido análisis para extraer insumos y conclusiones analíticos y organizativos, no necesariamente extrapolables a todo tiempo y lugar. Deberá consignarse también que la experiencia de gobierno no logró contener un éxodo de valiosísimos cuadros y militantes, casi en su totalidad provenientes de la izquierda revolucionaria, hoy sumidos en la impotencia y la dispersión.

Tanto como lo fue la breve experiencia española, una amalgama semejante no puede sino ser reformista, en virtud de los límites, temores y desacuerdos del propio reformismo (insustituible por muchas más razones de construcción de fuerza que la meramente electoral) respecto a las alternativas revolucionarias. Es comprensible que los reformistas no compartan, por intereses personales, o simplemente por sus propias concepciones y valoraciones, los objetivos y programa de los revolucionarios. No así a la inversa. Me resulta inconcebible revolucionario alguno que no sea a la vez reformista. El argumento originalmente esgrimido en el PSOL brasilero del crecimiento y hegemonía reformista (que no por ello justifica la diáspora y el reinicio de una experiencia de construcción per se), lejos de poder aplicarse al Frente uruguayo sigue el camino inverso. En Uruguay los aliados de la izquierda radical vienen creciendo en influencia y protagonismo.

Las rupturas por izquierda reprobaron la primera lección de la experiencia frentista aludida aquí: su propia unidad. Y con ello no sólo debilitan una alternativa realista a la derecha sino que se debilitan. El igualitarismo social discursivo, impracticable en la correlación de fuerzas actual, da lugar a un igualitarismo político con efectos prácticos capitalizables y probablemente reconocidos por la derecha. Es el igualitarismo discepoliano en el que da lo mismo un pituco que un paisano, un torturado que un victimario, un demócrata norteamericano que un republicano, un negro que un blanco, un chacrero que un terrateniente, la salida del sucucho para arrancar el Fusca que el portón metálico entreabriéndose en el garaje de la mansión. Es el igualitarismo de la desigualdad resignada, el útero que incuba los nuevos atorrantes a la espera del bautismo celebratorio en la batea de las nuevas peluquerías.

La derecha no habla a la izquierda radical. No le teme, no la combate. Más bien la ignora. La derecha habla al Pepe, polisémicamente hablando, con mayúscula y minúscula. Habla a quien le disputa la mansión desde la cueva, la seguridad de la vigilancia armada del terrorismo de estado desde el aljibe y la soberbia de clase desde la llanura del lenguaje popular. Ello no exime a Mujica de exabruptos, particularmente si persistiera en abonar géneros literarios menores como es la transcripción coloquial y evitarse el indispensable trabajo de revisión y corrección. No sólo lo desaconseja la intraducibilidad del lenguaje oral al escrito, el intimismo de la entrevista con su naturaleza impredecible, sus declinaciones y silencios. No es que no haya excepciones notables como las conversaciones con Lukacs de Holz, Kofler, Abendroth o el marxismo abierto en conversaciones con Mandel de Johannes Agnoli. Sólo
que los entrevistados no estaban en campaña y hablaban de teoría. Sin embargo, comprendiéndome las generales de los intelectuales extranjeros aludidos al comienzo, es decir, sin haber podido leer la totalidad de las declaraciones difundidas sino centenares de fragmentos en los más diversos medios, si algo no dice el candidato de izquierda son estupideces, tal como sostuvo el Presidente uruguayo.

Por el contrario, muy pocos exponentes de la izquierda en el mundo entero pueden esgrimir coherencia, estatura ética y resignación personal. Pero menos aún la capacidad de desagregar problemas complejos y graves dilemas, de un modo simple, sintético y, como sostuvo el director en la contratapa del lunes, con absoluta autenticidad reverberando en la frecuencia del sentir popular.

Toda indiferencia política es combustible para la motosierra del hachero de los bosques populares.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex [email protected]

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