EL FRENTE AMPLIO Y LAS GARRAS DE GRAN CUÑADO
Atrapada en el vacío de contenidos de campaña, la oposición reniega de su identidad ideológica, no debate gestiones ni propuestas, y vuela bajito azuzándonos con su única arma: la descalificación personal y el chiquitaje.
Su idea fuerza es personalizar el escenario político y atacar exclusivamente al Pepe, insistiendo con que Mujica no tiene porte, aspecto ni las buenas costumbres indispensables para ejercer el cargo. Para ser presidente en el Uruguay del siglo XXI hay que ser apolítico, asexuado, atérmico y sin afectos. Hay que flotar como un corcho y dejarse llevar por la corriente de las tendencias. Según ellos, estos atributos son excluyentes para quien quiera ser Presidente de la República Oriental del Uruguay.
Lacalle grita a los cuatro vientos que no es ni de izquierda ni de derecha, ni liberal ni estatista, ni pro ni contra de nada. Siempre la mano tendida y anestesiada. Esta embestida llena de Gran Cuñado tiene prevista una gran inversión publicitaria para los últimos quince días previos a la elección con el lanzamiento de ofensivos spots publicitarios.
Si los frenteamplistas entramos en este cambalache mediático, perdemos el objetivo de profundizar la lucha por el logro de la justicia social. Ojo con contagiarse.
Los que nos votarán en octubre saben que el Frente Amplio es un colectivo de seres humanos reales e imperfectos que, además de jugarnos por un sueño, nos gusta el amor, nos interpela la miseria y el dolor, y el éxito y la gloria pasajeros nos importan poco.
No hay que jugar a Gran Cuñado con los blancos aunque parezca muy fácil. Tenemos que tener respeto por la gente y para ello darle contenidos a la campaña, es la tarea.
En sus discursos, Lacalle -aunque no quiera- lidera un discurso social que pretende demostrar una sola cosa: rico y neoliberal se nace y no se hace. El amor al mercado y el irrefrenable afán de acumular riquezas se mama de chico y corre en la sangre.
Mientras algunos nos ayudamos unos a otros para mirar el cielo proyectando y construyendo sueños compartidos, Lacalle, desde su Olimpo, nos dice con sorna que no hagamos resistencia porque no hay remedio: unos pocos nacen con estrella y otros muchos nacen y mueren estrellados. Ley del mercado.
Su última gran metáfora fue la de comparar al Partido Nacional con un hipermercado, y agregó sobre que la fórmula de este Partido «está envuelta en papel celofán transparente: lo que usted compra es lo que ve». Primer problema: el 70% de los uruguayos asiste con poca frecuencia a los hipermercados. Se las arregla como puede abasteciéndose en autoservicios, el almacén del barrio o la feria vecinal.
Segundo problema: cuidado que los productos comprados en el Qkimarket no admiten devolución, al menos durante cinco años.
¿Son los partidos un producto que se compra? ¿Son los ciudadanos consumidores y no personas que deberán decidir el futuro del Uruguay?
Estas concepciones respecto a que la elección es una especie de mercado electoral, donde los partidos ofrecen sus productos y los electores son consumidores de los mismos, no es nueva.
Esta concepción subestima a los ciudadanos reduciendo las propuestas políticas a un mero juego entre oferta y demanda electoral. Esta manera de ver la política es coherente con esa adoración de las leyes del mercado llevadas a un extremo que nosotros no compartimos. La gente tiene sueños, esperanzas que no pueden ser reducidos a spots publicitarios, no podemos saltearnos a los seres humanos individual y colectivamente considerados.
Parece que algunos prefieren, como elocuentemente escribió CH Dejours «… reemplazar el objetivo de lucha contra la injusticia social por los propósitos de una lucha intermedia pero estructural: la pelea contra el proceso de banalización con el que se pretende culturizar estúpidamente a la sociedad.»
Preferimos ir por el camino de este Uruguay, que es uno de los pocos países del mundo que sobrellevó sin recesión la mayor crisis financiera del planeta. Todo ello pese a los pronósticos oscuros de los «expertos» del candidato del Partido Nacional.
Los gestores nativos de esa economía egoísta y de papel que ya aplicaron cuando fueron gobierno, que profesaban la incompatibilidad radical entre el crecimiento, la creación de empleos y el desarrollo de políticas sociales, dicen que ese logro fue de suerte ya que nuestra economía sigue estando en riesgo y «atada con alambres».
Insisten con que el crecimiento del país está inflado por el mismo gasto público que hace unos días consideraban calamitoso, culpándonos de no haber ahorrado en tiempos de bonanza.
Esta oposición inmadura cree que cuanto peor le vaya al país mejor les irá a ellos. Por eso dicen que el Frente Amplio administra bien de pura suerte, porque siempre hacemos todo mal, con viento a favor o en contra.
Preferimos estar orgullosos por la visita de Tabaré a EEUU donde se aplaudió de pie su presentación de resultados del revolucionario Plan Ceibal.
Para los dirigentes blancos el Frente Amplio es una fuente inagotable de autoritarismo, intolerancia y antidemocracia porque parece que nos llevamos el mundo por delante, y nos negamos a negociar políticas de Estado con ellos. Paradojalmente también somos unos tontos por no haber usado indiscriminadamente las mayorías parlamentarias que tenemos para realizar aún más cambios. ¿Quién los entiende?
Otras veces, subestimando la complejidad del problema social que ellos mismos contribuyeron a crear, nos llaman débiles y mojigatos por no aplicar mano dura, a lo Gianola, o en consonancia con su nueva versión guapista de la caballada militarizada, para reprimir a cuanto chorro o menor de edad ande por ahí. Ni una cosa ni la otra.
Desde su fundación el Frente Amplio cultivó y defendió la libertad ciudadana, la ética y la transparencia como valores claves de su accionar político y de la democracia republicana. Autoridad si, autoritarismo no. Desde niños los tentáculos de la medusa social nos han inoculado imágenes sobrenaturales como regla y condición del liderazgo carismático. En su correlato político, la reproducción repetitiva de los paradigmas idealizantes del caudillo omnipotente y plenipotenciario, nos ha llevado a atribuirles a los presidentes de nuestro país la apropiación de cualidades divinas, eternas, inmaculadas e indestructibles. Para vivir tranquilos y protegidos parece que el Presidente tiene que ser un señor que evidencie estar más allá del bien y del mal, que se haya despojado con placer de su condición humana y que frente a la vida misma se muestre más neutro, resbaladizo e impenetrable que el jabón de glicerina.
Que además cuente con un protocolo al plato, solemne, y que sólo mire a la tierra o baje al llano cuando la cosa está que arde.
Para nosotros el gobierno es mucho más que la pose de un presidente, sus ministros y parlamentarios. Se gobierna para, por, con y como la gente. Somos imperfectos y ello nos hace humildes y solidarios. Es parte de la revolución sociocultural que queremos profundizar.
Por eso frenteamplistas hay que poner punto final a estos fuegos artificiales, propios de Gran Cuñado, y concentrarse en el mensaje claro, en las propuestas que le estamos planteando a los uruguayos.
El que quiera votar teflón, envase y show mediático, que acepte la invitación formal de Lacalle y visite su recién inaugurado Qkimarket, lleno de candidatos envueltos en celofán.
El que quiera trabajar codo a codo con hombres y mujeres de carne y hueso por un país de primera que salga a la calle, que va a encontrar al Frente Amplio
|*| Diputado Asamblea Uruguay – Frente Amplio
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