ARISTOCRACIA FALLUTA
Discutir acerca de dónde viven los dirigentes, da vergüenza. Papelón que exportamos.Menos mal que por ser apenas cuatro millones logramos pasar desapercibidos.Pero a pesar del tamaño, mostramos portentosa capacidad para el ridículo. A pesar del enorme miedo que, tal vez por eso, le tenemos.Y a pesar de nuestro proverbial acartonamiento.Lo decía Damiani: «En Uruguay no hay ricos: hay riquitos».
El colmo es postular alocadamente que acá pueda haber algo que ni remotamente pueda merecer el nombre de clase aristocrática procedente de alguna nobleza hereditaria. Eso ya es desopilante pretensión de algún «riquito» mal leído y peor entendido que, sacando pecho como gorrión de basurero y porque tiene tres pesos, llega por la vía del delirio, a creérselo.
Pero esa «clase», muy minoritaria, la que brinda ridículo espectáculo sin darse cuenta, existe.
Es a las viejas aristocracias mundiales herederas de algún título nobiliario cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, como un desfile de escolas do samba (pero en Charqueada).
Acusar a algún uruguayo de aristócrata es faltar al respeto que aquellas antiguas castas todavía merecen. Aunque sólo sea por su carácter de reliquias vivas.
En Uruguay sólo tenemos una: Laetitia D’Arenberg (uno de los castillos con ese nombre fue cuartel general de los Aliados en horas decisivas para la Humanidad) y la importamos de Bélgica (o de alguno de los nombres que dicho lar fue teniendo a lo largo de milenios:
Napoleón llegó a decir en mala hora que los Países Bajos eran sedimentos de un río francés).
En Uruguay tenemos unos doscientos años de Historia como tal, y otros escasos doscientos desde que algún europeo llegara en forma más o menos significativa.
La familia de nuestro fundador, pobrísima, vino de Puebla de Albortón, una humilde aldea de Aragón (ayer y hoy) que, dicho sea de paso, este verano se incendió. Deberíamos preguntar si necesitan algo… En todo caso ésa, nuestra impostada «aristocracia», es pordiosera y lamentable. Anda con libreas de alquiler mal remendadas y por lo general malolientes. Absoluta y totalmente tercermundista en el peor sentido de esa palabra: el mental.
En la izquierda también caemos en el ridículo cuando necesitando vehementemente alguna clase social para que ciertas realidades encajen en ciertos catecismos, inventamos alegremente su existencia en nuestras estrechas campiñas penillanas.
Muchos, por no decir todos, descendemos de algún pueblo europeo, por lo que si quisiéramos realmente estudiar nuestra Historia deberíamos remontarnos por lo menos hasta antes de que naciera Jesús y, aun así, no la estaríamos estudiando toda. Es absolutamente convencional y arbitrario empezar la de Uruguay por donde empieza pero debemos reconocer que el intento citado, de producirse, haría necesarios muchos años, a cada niño, para poder ya joven, terminar apenas un somero repaso. Y si sus antepasados vinieron del Medio o del Lejano Oriente, peor aún. Los judíos o los «turcos» (denominación que acá abarca todavía al viejo Imperio Otomano), lo mismo. ¿Y por dónde la empiezan los armenios? ¿Y los que llegaron de China o de Japón?
Pero lo absolutamente irrefutable es que todos vinieron pobres de solemnidad. O perseguidos como León de Palleja (nombre de su documento falso).
Siguiendo la descripción tan completa de Larrañaga (nada que ver con Jorge), Artigas en su apogeo habitaba en Paysandú un sucucho desprovisto de mobiliario y menaje. Su capital Purificación (la nuestra y la del Protectorado), inventada y levantada por él, era de barro y paja salvo una casa «de azotea» hasta que la invasión portuguesa la incendió hasta hoy.
Pero su grandeza no provino ni de ésa ni de cualquier otra casa. Creer que sí es de hondísima estulticia.
Mujica tiene ingresos como para vivir al paladar para nada negro de dichos extravagantes «patricios» de cartón. Pero prefiere gastarlos en otra cosa (en sus compañeros y en cantidad de sueños). Quiere darse ese lujo y se lo da. Sobre gustos no hay nada, o hay muchísimo, escrito. En eso es más espléndido que otros (que no saben gastar).
Nos detenemos en este asunto porque lo dicho inocentemente en Zapicán (apenas parte de una mayor cantidad), abisma.
Pero no es lo dicho sino la alocada pretensión inmobiliaria de distinción (a partir de una casa), lo que nos deja, a todos, anonadados y expuestos al mundo. Más grave todavía es que indica rotundamente una pesada tara nacional ya que es verdad: carentes de verdadera «aristocracia», y desesperados por ello, como pobres campesinos tilingos que miran el Palacio desde atrás del alambrado y desde adentro de sus andrajos, Uruguay posee una reducida pero vocinglera «barra» (ni casta llega a ser y muchísimo menos «clase») de aficionados a tal vicio. Debemos perdonarles y comprender que por eso actúan como guarangos. No saben que andan con los fundillos rotos y las uñas sucias haciendo pinta y dando lástima por Gorlero (pero la del planeta).
Leyendo hace años el libro juvenil de Lacalle («Trasfoguero») que hoy tanto le cobran por Internet, descubrimos ya entonces que su fascismo era superficial y a la moda imperante en sus círculos sociales, de los que no era culpable (absolutamente nada que ver con el fascismo militante y grosero de la Falange). Que su rendida admiración, mística (como la de cualquier joven derechista, pero a la vez incauto y de pocas luces), por Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios (o a Dios gracias) estaba equivocada ya que este gran criminal de guerra producido por Hitler y Mussolini (otros dos muy ordinarios plebeyos), era también un carnicero irremediablemente plebeyo (si lo hubiera sabido no iba) y lo era en un país de tantos «nobles» (que por eso, pero por nada más, lo despreciaban). Pero nadie le avisó, creemos que hasta hoy, al desamparado turista uruguayo de derecha… Lo que sí resulta evidente, claro hasta reventar los ojos (basta con releerlo) es su rendida admiración y descontrol mental ante el Palacio de El Pardo (al fin de cuentas como la de cualquier turista malinformado actual); ante sus espléndidos salones jamás vistos, ante la magnificencia de una vieja Historia, muy anterior a Franco, de condes y duques, príncipes y princesas, reyes y emperadores. Flor de berrodo tenía en la cabeza aquel desprovisto uruguayo. Y para colmo malo: aprendido a los porrazos en un círculo hermético y ultramontano, más reaccionario que Franco, de un remoto país del Tercer Mundo.
Además y para colmo, descubrió que los españoles fascistas no hablaban inglés (el súmmum de ese círculo que hasta al Imperio lo tenía equivocado porque en Estados Unidos no hay títulos de nobleza).
Esa barra (de a la derecha de Primo de Rivera) maniática pero influyente, le ha producido a Uruguay duros acartonamientos que nos oprimen.
¡Hay miles de ejemplos de los daños colaterales que produjo la zoncera que venimos comentando! Uno de ellos: Ignacio de Posadas (el de la merienda de negros).
Ese acartulinamiento no sería dañino si sólo quedara en la pura pinta de algunos, pero han logrado meterlo en más generalizadas neuronas y reflejos condicionados.
Un país conservador puede ser republicano y austero. Sobran ejemplos.
Pero las frivolidades de esa barra almidonada que tan bien y con tanto placer representa Lacalle, a lo único que llevan otra vez es a un equivocado país reaccionario. Que no es lo mismo.
Todo esto, mejor que nadie, lo saben al por menor los blancos no estirados de Wilson: ellos nos lo enseñaron. No entendemos que lo voten.
*| Escritor, senador de la República.
Compartí tu opinión con toda la comunidad