Cinismo
La voluntad de supervivencia del cinismo del gobierno argentino es impresionante y hasta admirable, aunque suene extraño admirar algo esencialmente desvergonzado. Es una forma de decirlo, véase así, para dar medida justa de lo que desde la vecina orilla nos tiran encima en su agresivo y engañoso empeño contra Botnia.
A ese cinismo no le importan los golpes que recibe; se levanta, se sacude el polvo y vuelve a la batalla.
En la que parece haber sido su penúltima intervención decir la última, como ocurre en el boliche, da mala suerte ante la Corte Internacional de La Haya, Argentina redundó con horrorosa impunidad: la planta finlandesa contamina, afecta a los peces, su instalación viola el Tratado del Río Uruguay y, única sonsera que le hizo un guiño a la novedad, es incompatible con el desarrollo del turismo regional.
No tengo ni la más remota idea de qué resolverán los empolvados y rancios magistrados de togas lustrosas y mirada rara, similar a la de aquel a quien duelen los callos pero sabe que tiene que aguantarse. Si me apura, lector, les tengo muy escasa confianza aunque no pueda exhibir pruebas que avalen, más que mi convicción, el por qué.
Ya veremos.
Uruguay, se sabe, ha movido sus cartas, que equivalen a sus pruebas y argumentos, con sensatez y prudencia. Pero nunca estará de más mantener la guardia en alto, sobre todo cuando enfrente hay lo que hay.
Y ya que uno acusa de cinismo desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables-, bueno es recordar un hecho reciente. El gobierno de Cristina Fernández decidió ignorar una sentencia judicial que impuso el cierre de la Papelera Quilmes, ubicada en plena provincia de Buenos Aires, precisamente por su capacidad de contaminar el ambiente y favorecer la aparición de patologías de origen oncológico.
Ahora que vuelvo a pensarlo, todo esto tal vez no sea sólo cínico. ¿Sonaría exagerado calificarlo de esópico, o sea fabulista?
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