TITANIC
Después de 1989, Lacalle contrajo una extraña predilección por fracasar siempre que pudo. En esos desastres siempre contó con el apoyo de Larrañaga. Lo acompañó y lo acompaña.
Creímos que por fin había aprendido la amarga lección cuando en 2004 logró por fin derrotar a Lacalle y dando luego una brava lucha, perdió a manos de Tabaré, pero levantando la votación del Partido Nacional al 34,30%.
Se instaló por esa pelea una gran bancada blanca en el Senado… Para colmo, ante un Partido Colorado con apenas tres desamparados senadores.
El espectáculo que hoy nos brinda Larrañaga es casi tan triste como cuando mandó votar a Jorge Batlle.
Promesa envidiable de renovación en aquel viejo y benemérito partido y representante de una gloriosa generación (la de la salida de la dictadura), heredero posible de Wilson, devino conservador en cuestión de meses. Incluso de horas.
Le ha faltado (y ya van dos veces) lo que tiene Pedro Bordaberry ante quien hoy, desde la trinchera bien opuesta, debemos reconocerle ese mérito.
Lo decimos mirando las nuevas generaciones de todos los partidos, tratando de atisbar en ellas el futuro en la medida de lo humanamente posible.
En el año 2004 pareció que el viento renovador soplaba fuerte en el Partido Nacional. Pero cayó en morbosa calma chicha.
Casi al mismo tiempo cosas de la vida aquel pampero comenzó a soplar, y fuerte, en el Partido Colorado.
Por eso el Partido Nacional va a tener que devolver, irremediablemente, muchos votos que tiene prestados. Ya es visible esa larga caravana migratoria.
Resulta asombroso, además, que el «larrañaguismo» le haga los trabajos más sucios. Y que primero Gallinal, luego Larrañaga y por último Vidalín hayan sido arriados por ese tropero previsible, chiflando bajito y de a poco, por la manguera del Titanic justo cuando el iceberg fatal se viene encima. Terminarán como la orquesta del famoso naufragio: en la popa, tocando estérilmente lo que le manden.
El Frente Amplio gana y lo saben muy bien. Este dato agrava lo que venimos comentando.
Y han decidido lo mismo que el abolido Sanguinetti hace añares: insultar.
Incluso hasta cuando el Pepe y Danilo van a la Argentina solo se les ocurre eso. ¿Por qué? ¿Cuál es la actitud internacionalmente más inconveniente? ¿La de Mujica y Astori que han viajado y se han entrevistado con todos, o la de Lacalle (y por ende Larrañaga) que también insultan a varias personalidades extranjeras?
Y también a la gente porque, ¿cuál es el miedo de que los uruguayos residentes en cualquier país vengan a votar? ¿Es que ya saben que la enorme mayoría vendrá a condenarlos por la sencilla razón de que fueron ellos quienes con sus políticas los echaron del país?
Lo sucedido el sábado en la Convención Nacional del Partido Colorado marca un antes y un después. Es un hito.
Corolario formal pero muy simbólico de un durísimo combate que pasó raya el sábado eligiendo entre quince miembros posibles del Comité Ejecutivo del Partido Colorado a diez de Bordaberry, dos de la tendencia integrada por Iglesias (y otros) y apenas tres en total para el Foro y la Quince.
Se institucionalizó un nuevo Partido Colorado que ya estaba en las calles. Será para bien o para mal pero será.
Poco importa encasillarlo pero importa muchísimo tenerlo claro.
Ignorarlo sería un gravísimo error en cualquier tipo de análisis y perspectivas. En la izquierda, especialmente, debemos evitar seguir pensando con esquemas al respecto porque ahí, justamente en ese partido, hubo un gran desbarajuste de viejísimas estanterías.
Tenemos la sospecha de que es inminente la ruptura del «Partido Rosado».
Los indicios son vehementes para consolidar esa renovación y para crecer, Bordaberry está obligado a huir como de la peste del furgón de cola del trencito de Lacalle y además dejar ese lugar, en exclusividad, para Larrañaga cuyo más posible destino será quedar allí. Solito.
Vendió su primogenitura renovadora por un plato de lentejas mientras Bordaberry rompió el plato.
Sería un suicidio para esa estrategia de renovación colorada atarse al último vestigio del pasado que va quedando (con grave daño) en Uruguay.
Porque mientras Tabaré (gran renovación frenteamplista) dijo que iba a hacer temblar las raíces de los arboles, y luego lo hizo, a Lacalle se le ocurrió la motosierra contra ese bosque de raíces cambiadas. En realidad, la ideología agonizante ensaya manotazos de ahogado contra toda cosa que se mueva y busca desesperadamente volver al pasado.
Lacalle comenzó esta última campaña electoral, de mano tendida».
Le duró poco. No pudo con el genio. Pocos meses después, la cambió por los archiconocidos y obsoletos (aunque dañinos) puñetazos de la Guerra Fría.
Volvió de un saque, más o menos a 1948. Incluso deambula por 1904 como el último engranaje de una rueda destrozada» (al decir del poeta).
La palabra no es «miente», pero es «defrauda».
Entonces, perdido por perdido, tal como Sanguinetti en las jornadas finales de 2004, retrocede por cavernas hasta Churchill, Truman y Stalin (eludiendo a De Gaulle).
Lo alucinante es ver a Larrañaga, con el matungo cansado y desatento, siguiendo por entre cuevas rumbo a una guerra hace añares terminada.
Y aplaudiendo de vez en cuando…
Pero pasa lo de siempre: a Uruguay las noticias llegan tarde.
Aquella Guerra Fría generó en todos los países confrontaciones acérrimas de blanco y negro. Y partidos funcionales a ellas. Y dirigentes funcionales a tales partidos. Tajantes. Que además combatían al unísono todo intento de salir de aquella trampa de dos mandíbulas.
El Frente Amplio volverá a ganar pero necesitará de los demás para producir los cambios que se propone. Lo requiere el país.
Estamos convencidos de que eso es posible y viable.
Esta oportunidad solo estuvo una vez al alcance de la mano: cuando salimos de la dictadura. Se frustró como tantas otras cosas.
Hoy la vida ofrece esa misma posibilidad.
*| Escritor, senador de la República.
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