Barrán
No fue tarea sencilla la que cerró con su muerte Juan Pedro Barrán, uno de los intelectuales más lúcidos e influyentes que en este país han sido.
Asumió, más bien, un enorme apostolado laico que lo introdujo en las entrañas de una sociedad que se construyó no sólo por guerras y política sino por hábitos, costumbres y la cultura que iba mutando en el viaje del tiempo y todo lo que en él se enancaba, a veces poderoso, a veces débil, a veces tan sutil que sólo el avezado investigador, el hurgador de la historia engañosamente chica, ésa de la cotidianeidad, podía advertirlo, analizarlo y legarlo luego de una interpretación cabal.
Sobrio, claro, directo, ingenioso, a veces semejaba una paradoja: fue elocuencia pura su verbo ascético que algunos, sin embargo, confundieron con laconismo.
Escritor poderoso, además, se expuso siempre como un sabio elector de palabras, frases e ideas, dueño de una síntesis impar y de una profundidad que se avistaba sin esfuerzo, al poner atención, aun desde la superficie de su océano intelectual, que era suficiente para atraparnos.
Es fácil confundirse ante una riqueza semejante, ámbito donde la ignorancia y el miedo nunca formaron parte de la estrategia del vivir, ni del aprender, ni del enseñar.
Se podría decir, parafraseando a Dionisio Redruejo, que en Barrán «la toga del juez siempre desaparecía». ¿No fue entonces un moralista? No, en el sentido de censor; sí, como hombre compasivo con sus personajes y con la propia historia, una virtud que jamás le impidió el rigor de la búsqueda ni de las valoraciones de lo descubierto.
Si tuviese que soltar la primera imagen que su peripecia estimula en mí recordaría a Diógenes Laercio, aquel incansable recopilador de doctrinas filosóficas, sin cuya obra el estudio de la filosofía antigua, y por tanto de todo lo que vino luego, sería una cruzada perdida.
¿Se ha apagado una luz? No. Sólo una respiración que nos acompañaba. Su obra sigue alumbrando.
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