Introducción
Un científico dijo hace treinta años, y ha fallecido como para que le pidan cuentas, que el mayor placer físico del ser humano es la expulsión: desde la defecación y la orinada, pasando por el vómito y el desprendimiento flemático, hasta la eyaculación.
Alguien le respondió, quizá con ironía, que no debía discriminar, aludiendo a quienes gozaban con la introducción.
¡Lector, nada de malos pensamientos! Supongo que se refería, por ejemplo, a la comida y a la bebida.
Es un mero antecedente. Ahora a la introducción no la para nadie aunque la persona chille y se aferre a lo que halle a mano, tratando de obturar todos sus orificios. La culpa la tiene el avance de la tecnología robótica aplicada a la cirugía. En diez años no habrá necesidad de incisiones ni anestesias. A quien requiera una operación en la vesícula o los riñones, o una extirpación de la próstata, se le introducirán las partes de un robot que operará en su mismísimo interior a través de una computadora. Esas partes, una vez metidas dentro del ser humano, se ensamblarán rápidamente para darle forma a tan maravillosa máquina.
Para un ignorante como yo, hay, en todo este proceso, una curiosidad que no ha sido satisfecha aún. Cualquiera conoce los orificios por los cuales algo puede ser introducido en el organismo: la boca, los oídos, los agujeros nasales, el pene y el ano. Sin embargo, las partes del robot, que uno imagina pequeñísimas, irán adentro del cuerpo a través del ombligo.
¡E’ joda! se exaltó Ruedita, apenas conoció la novedad. Si yo tengo l’ombligo tapao, ahí ni mugre’ntra. ¡Que no me vaya’ a tocá’ el que te jedi porque le’ rompo la jeta! Y al pirulín l’ato’nudo marinero y ta’…
Seguramente habrá nueva información a la brevedad acerca de este avance de la tecnología quirúrgica, así que tanto las dudas de Ruedita de cuya impenetrabilidad umbilical doy fe, como las mías, serán contestadas.
Será cosa luego, llegado el caso, de ver quién se deja.
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