LOS SONIDOS DEL FUTURO

Allá por 1997 yo trabajaba en una universidad parisina como docente. Mientras preparaba una clase en mi oficina, destinada a futuros economistas, buscaba en Internet algunas estadísticas que pudieran hacer más atractiva y realista la presentación de algunos temas. Encontré una encuesta muy interesante, referida a cuáles eran los motivos de selección del lugar donde los franceses pasaban sus vacaciones. Francia, país desarrollado y poderoso, permitía entonces a sus ciudadanos varios gustos que para mis ojos uruguayos eran entre admirables y chocantes. Uno era el llenar generosamente todos los carritos del supermercado, lo cual me recordaba una y otra vez la célebre frase del teólogo alemán Eugene Drewermann: «Más vale ser desocupado en Francia o Alemania, que obrero en muchos países del tercer mundo». Otro, el que para las vacaciones las familias fueran al país que les viniera en gana. En función de este segundo privilegio, se realizó la referida encuesta sobre cómo se seleccionaba el destino a elegir en estos viajes.

Una de las preguntas refería a qué elemento había sido el primer «llamador» o factor de interés del destino elegido. Un porcentaje muy alto de los encuestados respondía que había sido la música de ese país. Jamaica es muy bella, pero …¿cuántos turistas la visitarían si no hubiera existido Bob Marley? Cuba es bellísima, pero quién no comenzó a soñar con el Malecón Habanero perfumado de mar, belleza femenina y el aroma dulce del ron, mientras escuchaba a Los Van Van o a Adalberto Alvarez? Buenos Aires es el Vaticano de lo que en Francia ­para mi enojo­ denominan «Le Tango Argentin». Y ni hablemos de Río de Janeiro y el samba o la bossa nova. O de New York y el hip-hop o el jazz.

¿A qué apuntan estos comentarios? A que la identidad sonora, musical, es de las más contundentes maneras con las que un país atrae turistas y también genera en el mundo una imagen que puede servir para atraer inversiones o captar clientes para los exportadores.

La humanidad ha considerado a la música como el lenguaje de los dioses, o, en su defecto , una de las formas más sublimes y conmovedoras de expresión del espíritu humano. Es evidente que un pueblo enriquecido por el culto de sonoridades variadas, por un lenguaje musical rico y creativo, por una sensibilidad abierta a explorar y dejarse enamorar por nuevos sonidos, es un pueblo más sano. Pero además, hay altísimas chances, como se analizaba anteriormente, de que dicho pueblo tenga mayor prosperidad.

Uruguay posee magníficos músicos. Pero…¿cuántos uruguayos conocen la excelente obra de Jorge Galemire? ¿En cuántos medios se da a conocer la poesía y la música de Fernando Cabrera o de Eduardo Darnauchans? ¿ En cuántos boliches se puede escuchar el privilegiado registro de Julio Sosa y Alfredo Zitarrosa? ¿Cuántos jóvenes han escuchado alguna vez a Lamarque Pons o a Daniel Viglietti, Numa Moraes? ¿Cuántos músicos del mundo matarían por contar con Jorge Osvaldo Fatorusso en la batería? ¿Cuántos se deleitaron con Mariana Ingold, con Laura Canoura, Francis Andreu, Adriana La Palma o el coro murguero de «Los Mareados»? Psiglo, Buitres, La Vela Puerca, No te va Gustar, Canciones para no dormir la siesta…la lista se hace interminable y completamente policromática, cubriendo los más amplios abanicos de formas y estilos musicales.

Uruguay tiene un inmenso tesoro musical. Y sus músicos han trabajado de manera durísima para compartirlo. Y si bien ha habido esfuerzos importantes en períodos recientes, mi impresión es que nuestra sociedad aún no valora ni remotamente el capital cultural que posee. Y peor aún, no aprecia el potencial de apoyo al complejo turístico y exportador que aportaría el justo reconocimiento a este capital.

¿Qué política tendrá Uruguay en los próximos 5 años para el desarrollo de su música y plural identidad sonora? ¿Cómo se fomentará el surgimiento de nuevos talentos y capitalizarán los existentes? Sé perfectamente que muchos pensarán que éste es un tema «menor». A los que así piensen, les pido que en este mundo de la banda ancha piensen por un momento en el efecto de varios videos impecablemente filmados y con música muy variada y atractiva expuestos en YouTube (sitio de Internet de descarga de videos), expuestos en sitios de agencias de viaje europeas, acompañando la presentación de Uruguay en todo ámbito internacional. No estamos en cero, pero falta muchísimo. Falta, por ejemplo, que a un profesional de la música no se le pregunte: «Bueno, sí, sos músico, pero…¿en qué trabajás?». Falta que se deje de ver a la música como «superflua», porque, retomando el hilo del pasado domingo, quien no entiende que el mundo de hoy es el de la alta tecnología trasmitiendo emociones, ideas, valores, intereses y generando vínculos, se quedó unos años atrás en el calendario.

¿Por qué además de la «Noche de la Nostalgia» no tenemos la «Noche de la música uruguaya», de toda la música uruguaya? Desde la sinfónica a la murga, desde el rock al tango. ¿Por qué no generamos una movida musical de alta intensidad, donde en metros se pase de escuchar hip-hop a nuestra versión de la plena portorriqueña, folclore a música de cámara, en alguna zona de Montevideo? ¿Por qué no hacer certámenes variados, no sólo de rock, no sólo en Carnaval, y difundir los premiados vía Internet, a través de los ministerios afines, de nuestro servicio exterior, intendencias, empresas del Estado, y, sobre todo, del compromiso activo de la sociedad civil? ¿ Qué ideas tienen los candidatos al respecto? Como decíamos al principio, no sólo es un tema de políticas culturales (que ya es bastante). Es también un tema de promoción de imagen país, de fomento del turismo, los servicios y las exportaciones. No es un tema menor. Es un tema inadecuadamente valorado, que no es lo mismo.

Actualmente, un manto de leyenda cubre la figura del genial Eduardo Mateo. Pero algunos años atrás, Les Luthiers actuaban en el Teatro Solís. Al lado mío apareció, de colado, Eduardo Mateo, que se mataba de risa con el espectáculo humorístico-musical. Una señora que estaba una fila más adelante, luciendo un visón o bicho similar, llamó a personal del teatro y lo hizo correr. Me tuve que ir. Porque si Eduardo Mateo no tenía derecho a ver Les Luthiers, tras crear tanta belleza y loca genialidad, yo decididamente no me lo merecía, aunque hubiera pagado la entrada. Así se valoraba a Mateo cuando vivió, que más allá de sus característica personales, muy pocos hacían cola para reconocerlo.

Durante su primer año y medio de vida, dormí a mi hija mayor cantándole «Jacinta», de Eduardo Mateo. O el «Príncipe Azul» de Mateo y el genial «Corto» Buscaglia. Me gustaría vivir en un país donde los niños llenan sus oídos de variadas expresiones de la sensibilidad. Donde a los músicos no se los corra, sino que se los vaya a buscar. Donde la música profesional no se confunda con un hobby. Los candidatos tienen la palabra para exponernos sus ideas. Nosotros, la sociedad civil, tenemos la responsabilidad de decidir ahora y hacer siempre. Desde el canto más sublime, que es el que brinda una mamá o papá para arrullar a su hijo, hasta en la música que compramos, difundimos y promovemos. Sin xenofobias ni esquematismos. Abiertos a los sonidos del mundo. Pero orgullosos y respetuosos de nuestra música y sus hacedores, esos duendes juguetones que crean generosa belleza en el mismo suelo que pisamos día a día.

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