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LA POLITICA COMO CELEBRACION

Cuando Obama decidió competir contra Hillary Clinton en las internas del Partido Demócrata, tomó la decisión de no aceptar ayuda de los «lobbies» que podrían colaborar financieramente con una campaña que se adivinaba larga y costosa. Optó en cambio por aceptar pequeñas donaciones individuales. Nunca de empresas, ni firmas: sólo de personas. Supuso así que podría tener las manos libres si ganaba las elecciones, para impulsar políticas que en algún caso (como en el de la salud) resultaran antipáticas a esas mismas corporaciones.

Pero no fue sólo esa campaña hecha con pequeñas donaciones la que hizo del fenómeno Obama algo que perdurará en la historia del marketing político. También su forma de llegar a las personas fue a través de los «nuevo medios»: Internet y celular. El propio pedido de donación (de diez dólares por cabeza) para la campaña, se hacía a través del celular. La gente entonces se sentía convocada, casi a título personal, a participar de una campaña donde alguien como ellos (un negro) tenía la osadía de enfrentarse a los instalados linajes de la Casa Blanca.

Dos días antes de que asumiera Obama, se juntaron los principales músicos de Estados Unidos e hicieron un recital en el cual además de los artistas nacionales (incluyendo, claro está, a los actores y actrices más famosos del ala «progresista»), aparecieron otros, como Shakira, que representaban a «los de afuera». Aunque a la americana, y con nueve grados bajo cero, esto fue, a los ojos del mundo, una celebración. Muchas cosas se celebraban, y su listado excede el espacio de esta columna, pero lo principal era que la política, con Obama, tenía algo de «fiesta popular», impensable en la era Bush.

Cuando Tabaré Vázquez dijo «festejen uruguayos», sabía que estaba convocando a algo muy propio de las huestes frenteamplistas: el sentido de «fiesta popular» de los grandes actos de masas, que es, y por ahora sólo ha sido, un patrimonio de la izquierda uruguaya. Los partidos Nacional y Colorado saben esto, y por ello no desarrollan una política «de masas», o no hacen de ella un componente fundamental de su campaña.

Hace un par de domingos, una manifestación convocada a través de esos mismos medios que fueron centrales en la popularidad y triunfo de Obama, concitó la atención de los frenteamplistas «de a pie». Esos a los que difícilmente convocan los actos más estructurados de la política oficial del Frente Amplio. Las discusiones e interpretaciones de estos gestos han sido largamente analizadas en la semana que pasó y el propio semanario «Brecha» tiene una extensa cobertura sobre el tema. Las críticas a la forma en que el propio Frente Amplio desautorizó la marcha se hicieron sentir. Pero más allá del interminable debate sobre estructuras y movilización, lo cierto es que la gente quería salir, caminar, sacar sus banderas, y…celebrar.

Los números que arrojan las principales encuestadoras no son tan claros respecto de la victoria del Frente Amplio en octubre (ni siquiera en noviembre). Y por si fuera poco, las elecciones de junio, y en especial la baja votación del Frente Amplio, dejaron un gusto amargo y pusieron en entredicho la certeza de la mayoría de los uruguayos del advenimiento de un «segundo gobierno frenteamplista». ¿Qué festejan los frenteamplistas entonces cuando salen con sus banderas a la calle, convocados (como este sábado) o no (como el otro domingo) por el partido?

No festejan más que el hecho de estar juntos. Una postura gregaria de la política uruguaya que se expresa en señales identitarias casi tan fuertes (o más ) que las propiamente ideológicas. Eso era lo que resultaba evidente en la marcha convocada informalmente del otro domingo. Pero eso también estaba presente en la marcha del sábado pasado, donde la gente caminó y caminó, más que para escuchar a sus líderes, para estar todos juntos.

Agustín Canzani escribió en «Brecha» sobre esa «colcha de retazos» que es el Frente Amplio. Y lo hizo en plena crisis de un Frente Amplio enfrentado por la puja de las candidaturas internas. Dijo algo que ha recuperado algún líder, en algún momento. Sí, puede que sea una colcha de retazos. Pero lo importante es que abriga.

Sin duda, el Frente Amplio, como marca identitaria de la cultura política uruguaya, es más que las estructuras y el propio partido. Pero no hay que temer a ello. Cuando la política funciona (y nos convoca a estar juntos), siempre es algo más que estructuras o aparatos partidarios. Eso no quiere decir que estos no sean necesarios. Quiere decir, como el domingo pasado, que el «frenteamplismo» es algo más que la estructura del FA. Y eso es lo que convoca, más que un líder o dos, o los logros de un gobierno, o los propios partidos.

Por eso, además de comités, hay «cantones» frenteamplistas. Y reuniones en casas de familia. Y grupos diversos que realizan toda clase de actividades y llevan sus propios nombres y siglas, y se identifican con el proyecto de la izquierda, sin tener organicidad alguna dentro del partido, ni disputar bancas ni cargos (como Uytopías, o Espacio Frontera, o Generación 83). Esto también es Frente Amplio, aunque no sea orgánico ni consiga ganar una «marca» propia dentro de los estatutos del partido.

En las campañas electorales, todo ello se activa. Y como lo recogen las encuestas, es el momento en que todo el mundo se interesa en política. Y también, es el momento en que los políticos salen del círculo de sus pares y se vuelven hacia la gente. Por eso, son los momentos electorales (aunque no sólo), los que hacen visible ante una sociedad cómo está su política. Cómo se expresa, cómo se organiza.

Lo que este momento muestra, es un proceso de redefinición y reorganización en casi todos los partidos. Nuevas fuerzas emergen, otras se consolidan, otras se desdibujan. Fue la propia llegada de la izquierda al gobierno la que ocasionó esta sacudida tan importante en las estructuras políticas, propias y ajenas. Pero es sobre todo en la izquierda, donde ello se hace más evidente. Que vuelva a aparecer el espíritu de «fiesta» entre la gente, es una buena señal. Celebración.

|*| Politóloga. Universidad de la República

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