Bajar la pelota
Según versiones de prensa, el presidente Vázquez sugirió, usando uno de sus términos futbolísticos preferidos, que se baje la pelota en la campaña preelectoral.
Es que la burla desdeñosa, el agravio y la grosería han aumentado y la caracterizan hoy de manera aterradora.
Aunque en alguna oportunidad la pasión le haya hecho trastabillar es un ser humano, no una máquina, Vázquez se ha caracterizado por la mesura, la cortesía y un inteligente uso de cierta serenidad espiritual que trasmite en sus gestos, en sus palabras y hasta en su caminar, parsimonioso pero animado.
Un hombre así no podía menos que sentirse avergonzado por las maneras cada día más rústicas, burdas, a que los candidatos apelan para referirse a sus adversarios políticos. Un presidente de un país como Uruguay, que todavía sostiene la pretensión de ser excepcional por la calidad intelectual de estas campañas, no podía menos que sentir la necesidad de que se le escuchara, aun cuando, interiormente, pudiese sentir que su convocatoria, o su advertencia, no logrará el objetivo deseado.
De todos modos, ha sido reconfortante que se haya levantado, sobre la mediocridad imperante, la estatura de la sensatez.
Quizás, y sin quizás, haya fanáticos o fundamentalistas de la política que gocen con los improperios, los revolcones en el barro, el mal genio alzado en armas, el interminable pase de facturas. Con ellos, si fuesen los más, ¿qué podríamos edificar entre todos, mirando al futuro?
Afortunadamente, siento la íntima convicción de que queda mucha otra gente educada, gentil, simplemente librepensadora crítica y respetuosa, a la que la atinada intervención de Vázquez le ha caído muy bien. Con ella, si acaso fuese mayoría, es un hecho que se construiría lo que falta y más.
Ojalá este mensaje presidencial tenga el efecto de una larga, saludable caminata bajo el sol otoñal, de ésas que pueden desinflamar la desagradable barriga del dogmatismo autóctono.
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