Cada vez peor
Y, sí. No hay más remedio que insistir en una cuestión que poca gracia puede hacerle a las personas inteligentes.
El senador Fernández Huidobro admitió, con saludable preocupación, que la campaña preelectoral «se está poniendo un poco dura». Tiene razón.
A Mujica, que responde a latigazos burlones, le andan buscando la vuelta porque, se ha dicho, cobró su salario de legislador pese a no estar trabajando. Lacalle, cuyo mentón ya luce igual a una lanza, se parapeta para una nueva «embestida baguala», mientras lo han abollado porque dijo que la jubilación es su único ingreso. Bordaberry, rudo, llamó «caradura» a la ministra de Salud Pública, adjetivo que la doctora Muñoz contestó con un filoso «no le respondo a hijos de dictadores».
Sólo unos ejemplos del desborde.
La zambullida en la grosería ha sido muy profunda y parece poco probable que alguno haya llegado al fondo.
La pregunta es: ¿esto ayuda al ciudadano responsable, al librepensador crítico, no al militante estilo barra brava? Negativo, lector.
Ciertamente, la ingenuidad pasa a mi lado sin quedarse. ¿Quién creería, al avanzar una campaña tan pareja, que los principales actores apelarían a caritas de ángel, maneras exquisitas y suaves expresiones de caballeros renacentistas? Pero este realismo mío no implica aceptar lo que advierto, ni renunciar a la esperanza de que cambie.
Lo cortés no quita lo valiente.
Ah, cuánto tiempo hace que esta verdad cayó en desuso. Wimpi, un iluminado, escribió: «Con la gentileza el hombre cabal vencerá siempre al cretino. Hay sonrisas capaces de abatir el gesto más hosco del peor malcriado».
¿Sonrisas? Bueno, uno sabe que hay rostros cuya impasibilidad, o magulladuras de ira, o líneas imborrables de hipocresía las descartan. Sin embargo, si hubiese gentileza habría prudencia. Es decir, comprensión sensata de la medida de las cosas, o sea tino, hasta para presentar programas y proyectos.
Ahí sí, aquel ciudadano estaría agradecido.
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