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DIARIO DE CAMPAÑA: ¿QUE ES  LA BANDA ANCHA, M´HIJITO?

Entre las incuestionables señales de uruguayez, junto al síndrome de abstinencia al dulce de leche o mate en caso de viaje prolongado, se encuentran varias frases. Que sólo un uruguayo puede entender el significado implícito de un «¡Tuya, Héctor!» , por ejemplo. Y, en la lista de frases típicamente nuestras, seguramente figure «¿Qué es una murga, mamá?». Propia de la popularidad de la murga en Uruguay y de un modelo pedagógico en retroceso: la enseñanza unidireccional de mayores a menores.

Expliquemos mejor: en tiempos pasados, las tecnologías variaban lentamente. Cuando mi tatarabuelo nació y murió escribiendo cartas para sus lejanos. Mi bisabuelo nació con el telégrafo y llegó a conocer el teléfono. Yo nací con teléfono y televisión, y he visto celulares, compras por Internet, videollamadas, etcétera. Es que no sólo vivimos épocas de gran desarrollo tecnológico, sino la aceleración de dicho desarrollo.

Si este fenómeno de aceleración tecnológica se comprende, surge con naturalidad un corolario. En los procesos educativos, muchos conocimientos son y seguirán siendo recibidos por los menores de los mayores (hijos de padres, alumnos de maestros y profesores, etc.): los valores, los elementos culturales básicos, los conocimientos fundamentales. Pero otros conocimientos, son los menores los que se los brindan a los mayores. ¿Quién en su casa no consulta a un hijo, o a un sobrino, cuando hay lío con la computadora, con el dvd o algún celular? El joven de marras nació entre computadoras, celulares y similares, para él son tan naturales como prender la luz para usted y para mí. Los «ceibalitos» le enseñarán a muchos padres a navegar por Internet y buscar material. Esta corriente educativa ascendente, en la que el más pequeño le enseña al mayor, es una de las mayores felicidades de nuestro tiempo. Conduce, si es debidamente estimulada y enmarcada, a una mayor riqueza, pluralidad y dinámica cultural.

Hoy a través de Internet dialogamos, compramos, leemos, escuchamos música, conocemos gente, promocionamos, trabajamos, etc. Internet es como una colosal red de rutas donde una inmensa cantidad de trayectorias distintas permiten acceder desde mi lugar hasta el de casi cualquier otro ser en la (alarmantemente insuficiente) parte de la Tierra alimentada y provista de servicios básicos. Hay autopistas, rutas menores, caminos vecinales, simples trillos rurales, etc. También hay rutas con una enormidad de tráfico y otras bastante descargadas, dependiendo del día, la hora y el lugar. La conexión a Internet que uno tiene en su casa es comparable al camino que llega hasta su puerta. Si es una gran autopista que conduce directamente a mi trabajo, podré ir a trabajar en muy poco tiempo. Si es un trillo que conduce a una ruta empedrada, estaré muy tentado de mudarme. En una autopista, la velocidad máxima posible quizá sea 150 km/h. En el tembloroso trillo, probablemente 40 km/h sea la máxima velocidad posible. Pero subrayemos la palabra máxima. Porque si en la autopista, debido a un accidente o a algún evento, hay un atascamiento del tráfico, todo el mundo avanzará a menos de 20 km/h. Más lento que lo que se puede ir por un trillo donde nadie circule simultáneamente. Estamos habituados a que el tráfico carretero es contextual. Para un auto, la velocidad máxima hipotéticamente posible depende de la amplitud y calidad de la ruta en la que se ponga a circular, pero la velocidad que efectivamente puede alcanzar también depende de cuántos autos circulan al mismo tiempo por ella. La conexión a Internet es también contextual. Si yo contrato un servicio que me promete una altísima velocidad máxima de trasmisión de datos hacia y desde mi computadora, pero todo mi barrio se conecta al mismo tiempo, puedo tener peores condiciones de comunicación que otra persona que esté usando un servicio de menor velocidad máxima de trasmisión, pero que no tenga nadie cerca conectado.

Un servicio de banda ancha es similar a una «carretera amplia». Es un servicio de conexión a Internet en el cual la velocidad máxima de trasmisión de información es alta. Pero la velocidad efectiva, concreta, que puede alcanzar hoy y en este momento, lo que puede llamarse el ancho de banda disponible, puede ser mucho menor a ese máximo si muchos se conectan a mi alrededor. Por eso, tanto las rutas como las redes que nos proveen de banda ancha se diseñan de manera estadística. Concretamente, las capacidades de las redes de banda ancha se diseñan de manera tal que, aunque no siempre es posible alcanzar la velocidad máxima, es raro que la conexión sea lenta y rarísimo que se congestione por completo.

Nadie duda de que las rutas son un componente estratégico de los países. Con mucha más razón debería pensarse igual cuando hablamos de banda ancha.

Porque por nuestras conexiones de banda ancha viaja nuestra información financiera, personal, de seguridad. Por lo que pensar en soberanía nacional en términos de ríos y arroyos o la libertad en términos de derecho de reunión y asociación, es anacrónico. La soberanía y la libertad también residen en el acceso a la información, en las redes de banda ancha. Y la prosperidad económica mucho más. Porque si usted es un excelente artesano y enseña su arte y oficio a diez vecinos, podrá recibir determinado ingreso. Pero si lo pone a disposición en Internet, mediante sistemas que permiten que usted cobre de manera segura en la esquina de su casa cuando alguien le paga con una tarjeta de crédito en cualquier parte del mundo, en lugar de diez alumnos usted puede tener diez mil a la vez. Y aun cobrando una suma muy módica, cosechar la merecida retribución a su saber. Pero si usted dispone de un magro ancho de banda, Internet no le ofrecerá mucho más clientela que su vecindario, aunque su producto sea fabuloso: no podrá atender a diez mil interesados, quizá ni a cien.

¿ A qué apunta toda esta reflexión? A que no vea más en una conexión de banda ancha, sea cableada o inalámbrica, un mero dispositivo tecnológico. Vea en esa conexión libros, música, cine, amigos, noticias, diversión. Pero vea también cuentas bancarias, datos personales, seguridad. Y por cierto, oportunidades de trabajo que se abren o se pierden, posibilidades de educación, de empleo, de crecimiento económico y humano.

Esa visión de la tecnología, a mi modesto modo de ver, es la que conduce a comprender los desafíos societarios, culturales, políticos y económicos a los que nos enfrenta el desarrollo tecnológico. Deberíamos saber qué políticas de desarrollo de la sociedad de la información nos propone cada candidato antes de votar. Si dejamos para cada hijo de esta tierra un mundo accesible de manera libre y segura, o si estrangulamos las posibilidades de los más y privilegiamos a unos pocos, o si ofrecemos una mediocre perspectiva para todos, estamos determinando buena parte de nuestra suerte. Porque ése es el mundo y el tiempo en que vivimos. El desafiante mundo en que los padres preguntan a sus hijos «¿Qué es la banda ancha, m´hijito?». El fabuloso tiempo en el cual los ceibalitos le enseñan a sus padres a conectarse y navegar a lo largo y a lo ancho de Uruguay, obligándonos a pensar en cada vez más y mejor conectividad, desde una perspectiva de estrategia nacional.

|*| Analista y matemático 

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