EL TRASLADO DE BELLA UNION
El viernes pasado pudimos oír al senador Isaac Alfie hincando el diente en los problemas económicos y sociales de Bella Unión.
Obviamente, trató de formular una crítica severa a lo afirmado por Tabaré Vázquez en sus recientes actos en aquella ciudad.
Debemos reconocer (Alfie lo reconoce) que dicho lugar y en especial sus actividades, ha sido «manzana de la discordia» desde hace varias décadas. Dicho de otro modo: el debate actual no es invento reciente.
Los problemas y las soluciones tampoco: allí se han ensayado varias, incluyendo la total prescindencia del Estado y por lo tanto el «sálvese quien pueda». Concepto emparentado con el «hacé la tuya», que ha dado basamento a ciertas ideologías. Y que se han aplicado no sólo en Bella Unión sino en muchísimos otros lugares con resultados conocidos.
El gobierno actual ha propuesto un camino para esa región y lo ha construido sin vacilaciones. El cambio se puso en marcha.
El senador Alfie lo critica esgrimiendo para ello, como siempre, números rigurosos. Si están en orden o no, es asunto que puede discutirse pero la discusión tendrá la virtud de ser clara. En eso Alfie es insuperable: hasta cuando le erra lo hace nítidamente. Y cuando acierta, su argumento es ilevantable.
Ya en plena bajada en su análisis hondo, el senador fue descartando sin clemencia las alternativas intentadas hasta la fecha sin descartar las inventadas por su propio partido. Mostrando esa colección de fracasos y ante el acoso periodístico llegó por fin, repecho abajo, a su gran propuesta: la población de Bella Unión debe mudarse a otro lado.
Como en esa región no puede producirse (según él) nada que sea rentable, el país debe dejarse de intentar lo imposible y decidir que lo más conveniente es abandonar esa ciudad… Reconozcamos también que la idea, además de muy imaginativa, tiene originalidad indiscutible. Y reiteremos por las dudas que sobrevendrán que esto lo dijo el viernes pasado por una conocida radioemisora montevideana que emite por suerte en amplitud modulada y quiera Dios no haya emitido por onda corta.
Debemos confesar una injusticia: jamás llegamos a imaginar en Isaac Alfie, ni remotamente, esa capacidad imaginativa digna del realismo fantástico de la novelística latinoamericana que, como es evidente, lo influyó demasiado.
Por suerte Uruguay esconde reservas inesperadas. Alfie debería, para bien de todos, abandonar la economía y mudarse a la novela.
Su propuesta contiene reminiscencias bíblicas: le propone a Bella Unión un Exodo a la Tierra Prometida.
Pero examinada a fondo, descubrimos que no es original. Porque en realidad ese tipo de razonamiento es el que hizo furor en las últimas décadas. Ha influido desde la derecha en el centro y hasta en la izquierda.
Lo que sí llama la atención, por su originalidad, es que alguien proponga abandonar una ciudad concreta.
Porque tales mudanzas masivas se han venido perpetrando, y por las mismas «razones», a lo largo de los gobiernos militares y blanquicolorados de hace décadas.
Unas cuantas ciudades del Uruguay se han ido yendo calladamente para el exterior y allí permanecen acampadas.
Pronto podrán votar… Incluso.
Y muchas más se han mudado ya no tan calladamente hacia las nuevas colonizaciones perpetradas por esos mismos «malgobiernos».
Por ellos hoy tenemos cementerios industriales enormes (como Paysandú…), pueblos sin jóvenes (como Belén y Constitución), pueblos fantasmas (al borde de la vía) y vastas regiones rurales deshabitadas… Pero, a cambio, y por esas mudanzas, anchos cinturones de miseria en el anillo de asentamientos de cada gran ciudad y en los tugurios enclavados dentro.
Esa gigantesca mudanza ha sido y sigue siendo expresión de las más grandes migraciones humanas que se han conocido. La mano ordenadora del mercado las empuja a puñetazos pero esa libertad (la del mercado) cesa ante la presencia soberana de los Estados que frente a tales oleajes levantan estériles y cruentos muros en elocuente demostración de que dicha libertad, tal como debe entenderse, es para algunos y no para todos. Como la «Ley del Cuchillo» de Martín Fierro, es una libertad que no ofende al que la maneja.
O como la superstición de que el perro es el mejor amigo del hombre cuando en realidad lo es sólo de su dueño.
Pero en fin: esta es la primera vez que la idea ha sido planteada con toda claridad. Y además con pie de imprenta: sin decir Gre Gre para decir Gregorio, muestra descarnadamente la ideología citada. Por si alguien no la tiene clara.
¡Vueltas que da la vida! Bella Unión es el fruto de una dramática mudanza. La que por orden de la Convención Preliminar de Paz de 1828 (entre Argentina, Brasil e Inglaterra) obligó a entregar definitivamente (además de tantas otras cosas) las Misiones Orientales.
Antes de irse de allí, Rivera, el fundador del Partido Colorado, además de los habituales saqueos que incluyeron las campanas de ciertas iglesias, y de homéricas arriadas trayendo innumerables cabezas de ganado, trajo a la población que quiso venir y la asentó allí: en las orillas del Cuareim, en la «bella unión», para marcarle con gente al Imperio de Brasil una nueva frontera que hemos mantenido mal que bien hasta ahora.
Aquel fundador (que al decir de muchos tenía todos los vicios y ninguna de las virtudes de los orientales), tuvo en cuenta para eso, atrevida y lúcidamente, unas cuantas consideraciones más (y más importantes) que las que casi doscientos años después baraja para sus cálculos estrechos su correligionario (¿) Isaac Alfie… El senador no vacila en corregir drásticamente lo que a su juicio por error, hizo Rivera. ¿No se habrá equivocado también cuando fundó el Partido Colorado? Habrá que pensarlo… Como puede verse, conviene mucho que Lacalle, Larrañaga, Bordaberry, De León y Alfie sigan hablando por radio. Cuanto más, mejor.
*| Escritor, senador de la República
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