La caja boba
La televisión abierta privada es decir, la caja boba es el medio de comunicación más extendido, particularmente entre la población de menores recursos, en la que golpea con énfasis cavernario en las mentes y los espíritus más vulnerables.
Para el sistema político es un estreñimiento. Hace fuerza y no expele nada.
No le sale una idea definitiva sobre qué hacer con esa televisión para que sea útil, ayude a la formación del pensamiento crítico, la solidaridad y la tolerancia y cambie ese modo fosforescente y desencajado de destruir cabezas.
Es decir, para que desactive el acelerador de la estupidez.
La cantidad de horas que mucha gente pasa frente a esta televisión es la prueba de un progresivo fracaso familiar, escolar y, al fin, social.
Ahora bien, ni pensar en formas de censura, aun sutiles o indirectas. Sí hay que exigir el cumplimiento, ignorado hoy en reiteración real, de las normas vigentes que protegen al ciudadano.
¿Y esforzarse por darles a los adictos a la caja boba otra cosa para no aburrirse? Ah, desalienta. El intento es antiguo. Protágoras culpaba a los atenienses que alquilaban flautistas y bailarinas porque no podían mantener, con voz propia, una conversación moderada y constructiva.
A la televisión dominante hay que pelearle en su campo, con sus armas tecnológicas y con imaginación y audacia.
La clave es el entretenimiento. Evitemos malentendidos: parafraseando a Wimpi, algunos hablan del Himalaya y lo reducen al tamaño de un biombo, y otros, hablando de una gota de agua, hacen oír todos los sonidos del mar. Hasta la ciencia más dura entretiene. No se necesita la violencia, la vulgaridad exhibicionista ni la idiotez supuestamente erótica
Algo se intenta en Canal 5. Pero hay que hacer más y agregarle otros medios de apoyo y complementación.
Ya que estamos, ¿qué pasó con el proyecto de un nuevo canal abierto estatal, que tanto ruido causó en su momento? ¿Le pusieron el sobretodo de madera? ¿Por qué?
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