LACALLE, ¿DIJO O NO DIJO LO QUE DIJO?

La respuesta a la pregunta del título, sea por sí o por no, a esta altura de los hechos ya poco importa. Los desmentidos o arrepentimientos, sesenta días después de lo que se afirmó, no valen de mucho. Lamentablemente es así. Durante dos meses, en el Uruguay entero, se informó y comentó una grave advertencia del Dr. Luis Alberto Lacalle, que ahora, luego de todo ese tiempo transcurrido, nos venimos a enterar que fue un error y que en realidad quiso decir otra cosa.

Observemos fríamente los hechos y saquemos las conclusiones que corresponden. En junio, antes que se celebraran las elecciones internas, Lacalle recomendó a los inversores que para invertir en Uruguay era mejor esperar hasta diciembre, a que se resolviera quién va a ser el futuro presidente de los uruguayos. Y para la sorpresa general y el desconcierto, hasta de sus propios seguidores, pocos días después ratificó su opinión y reafirmó que si él mismo fuera a invertir en Uruguay, esperaría hasta diciembre para resolverlo. El comentario constituyó uno de los gestos políticos más negativos y desafortunados de los últimos tiempos.

El Uruguay es unánimemente reconocido en el exterior como uno de los países mejor preparados para sobrellevar los efectos de la actual crisis financiera internacional. Y, en los hechos, el país ha sido capaz de mantener niveles de actividad y de inversión que conforman un desempeño económico mucho mejor que el registrado en la mayoría de los países. Pero en el marco de un escenario económico mundial fragilizado por la crisis y la volatilidad, las expresiones de alarma dirigidas a los inversores por parte de un candidato, que además ya fue presidente de la República, debilitan nuestra posición y erosionan la imagen de nuestro país.

Para nuestro orgullo y para alivio de todos los uruguayos, la corriente de inversiones en el Uruguay mantuvo su curso favorable. Quedó claro que como consultor en esta materia, Lacalle aún no ha conseguido un amplio reconocimiento internacional, ya que ninguna calificadora de riesgo tomó en cuenta sus advertencias y, por el contrario, se siguieron anunciando importantes proyectos en nuestro territorio.

Si en el mundo de los negocios alguien hubiera seguido su consejo, las consecuencias hubieran marcado un daño y un retroceso, no para el Frente Amplio ni para el gobierno nacional, sino para nuestra economía, para el país en su conjunto. ¿Qué sentido tiene el afectar negativamente la confianza en el país? ¿Favorece al Uruguay atacar la credibilidad de su propia economía, sembrar dudas o incertidumbre acerca de su estabilidad? ¿Perjudicar el clima de inversión puede ser un recurso político electoral admisible? No, claro que no. Las expresiones de Lacalle marcaron una actitud política profundamente lamentable e inaudita.

Nuestro país por décadas registró niveles de inversión muy poco significativos. Fue durante este gobierno y mediante la construcción de una sólida confianza en nuestra economía que se lograron los mayores guarismos de los últimos 60 años. Remar en contra, disparar contra esa verdadera conquista nacional, es perjudicar al Uruguay. Porque si disminuye la inversión y disminuye el crecimiento, tendremos menos empleos, peores salarios, menos consumo, menos recaudación, menos confianza y menos oportunidades.

Pues bien, hoy, sesenta días después, Lacalle sorprende una vez más, ahora para decirnos algo que cualquiera, con un poco de humildad, podría haber admitido en menos de 24 horas: que fue un error recomendar a los inversores que esperaran hasta diciembre para invertir en Uruguay. Lacalle nos dice que fue un error conceptual y que su afirmación debió ser otra en ese caso. Lo que no explica es por qué fue necesario tomarse 60 días para enmendar el error y corregir algo tan garrafal y tan obvio.

El Dr. Lacalle es una persona sumamente inteligente como para cometer errores de esa magnitud, pero más increíble aun resulta que no haya podido rectificar sus palabras y admitir su error un poco antes, digamos unos 59 días antes. Porque el problema no es sólo haberse equivocado, sino la inusual terquedad de dejar que el efecto dañoso de sus afirmaciones se prolongara en el país por tanto tiempo. Es incomprensible que tuviéramos que esperar tanto, para finalmente escuchar que no debió decir lo que dijo.

Parece que el candidato nacionalista es muy generoso en cuanto a los tiempos que utiliza para rectificar sus expresiones. Algo similar ocurrió cuando también ¡finalmente! admitió que el haberse referido al uso de una motosierra para recortar el gasto del Estado no fue una expresión feliz.

La corrección de esa caricatura de discurso también demoró mucho más de lo necesario para el sentido común, provocando los propios enojos, cuando la motosierra se transformó en todo un símbolo del debate electoral durante semanas. Pero la corrección de Lacalle trajo consigo una importante variante; el discurso del candidato viró radicalmente, del uso de la motosierra para combatir el gasto, a prometer mayor volumen de recursos para el gasto social, ahora «progresistamente» asumido como inversión social, asegurando que se actuará con mayor eficacia y mejores resultados que los obtenidos por el gobierno del Frente Amplio.

En coherencia con lo anterior, quizás debamos esperar algunas semanas más para recibir también algunas líneas rectificatorias acerca de sus declaraciones comparando la Tarjeta Joven con las computadoras del Plan Ceibal, que constituye otro de los pendientes en la cuenta de los errores o expresiones sumamente desafortunadas a corregir por parte del candidato a la Presidencia por el Partido Nacional.

Sería bueno que en el futuro el Dr. Lacalle incluyera en su discurso de campaña, además de las promesas de mayor eficacia en el recorte del gasto y en la aplicación de la recientemente descubierta inversión social, una mayor eficacia en el reconocimiento de sus errores y en el tiempo que le insume cada rectificación.

|*| Senador, Nuevo Espacio FA

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