GUAPOS ERAN LOS DE ANTES

Los que como Don Quijote frisamos los 50, nos criamos «chamboneando» con la pelota de plástico o la de goma, ganando y perdiendo en el campito de fútbol y de la vida. Los que buscábamos con lupa los pedacitos de carne en el guiso de fideos; algún que otro domingo, melancólico y lluvioso, recordamos con nostalgia el barrio que nos vio nacer y donde aprendimos a vivir. Con el viento a favor de la memoria selectiva que idealiza los recuerdos de la infancia, repasamos con alegría el clima fraterno y solidario de aquel barrio que arropaba cualquier miseria. Entre esos recuerdos siempre aparece la imagen de alguno de los guapos de antes.

Ese gurí grande, casi siempre laburante, que era reconocido por todos por su coraje para no medir ningún riesgo ni desventaja cuando se trataba de defender a los amigos o a la familia. Esos guapos silenciosos que imponían respeto por su sola presencia, a los que no les gustaba pelear sino que lo hacían cuando no tenían más remedio. De perfil bajo cuando se armaba lío por pavadas, el guapo no aparecía con la leña bajo el brazo sino que apagaba el incendio hablándole una sola vez, al oído y sin prensa, al desubicado que se pasó de rosca.

Querido y respetado por chicos y grandes, no hacía alarde de las ganadas y se bancaba las perdidas. Muy diferente a los matones de paso que de tanto en tanto aparecían en el boliche. Alardeando billetes de alguna plata de papá o mal habida, el matón siempre caía acompañado por algún alcahuete de turno. En ese despilfarro, mandaba de pesado la vuelta a todo el boliche sin generar mucho entusiasmo, y después de la tercera copa empezaba a meterle «el peso» al más débil del lugar, rematando su actuación con el show del «agarrame que lo mato» hasta que lo sacaban del jopo del boliche. La cultura del barrio hacía durar poco a estos matones que desaparecían casi tan rápido como sus «amigos». Había códigos no escritos pero bien respetados por todos los de ley.

Hoy, cuando en alguna incomprensible trifulca callejera observamos que todo vale, que el garrón y las piedras están de moda, que ya no se respeta el mano a mano y que la intención del daño es más fuerte que la dignidad, extrañamos aquellos guapos de antaño.

Lamentablemente, por momentos en la política sucede algo similar. Algunos creen que ser guapos en política es revolotear en el Parlamento alguna mano que nunca llegará a destino, y agraviar impunemente y sin respeto a las personas, o desafiar y provocar sistemáticamente a los adversarios por la televisión, para después abrazarlos en los encuentros casuales que no tienen testigos ni escenarios.

Ser guapo en política es laburar mucho y lo mejor posible cada día; asumir cuando se pierde o cuando lo que uno piensa no es aceptado por los compañeros en el tiempo y de la forma que uno quisiera. Ser guapo es ejercer la humildad de estar dispuesto a aprender tanto del compañero como del adversario, decir lo que se piensa y hacer lo que se dice sin medir las consecuencias, aceptar de verdad que no todos son buenos ni malos, bancarnos sin filos baratos ni promesas incumplibles la frustración de la gente urgida por el tiempo de su necesidad y estar dispuesto a debatir y defender con ardor las ideas propias pero respetando siempre a las personas.

En tal sentido, quiero señalar mi profunda decepción por el giro que ha dado a su actuación pública el Dr. Larrañaga en el último mes y medio de campaña. Puedo aceptar que un acto de desesperación política, durante las internas, dijera cosas fuertes sobre su hoy compañero de fórmula el Dr. Lacalle, que anunciase catástrofes nacionales si el Cuqui ganaba la interna. Aunque me dolió, también puedo comprender que Larrañaga dilapidase miles de dólares en una campaña publicitaria donde invitaba a los «astoristas» a votar por él. Sin embargo, mi desilusión más profunda es ver cómo al día siguiente de aceptar la fórmula y de haber expresado públicamente que él «no iba a ser segundón de nadie», el Dr. Larrañaga, sólo se ha dedicado a los ataques al candidato del Frente Amplio. No voy a juzgar si se claudicó en la elaboración del programa único del partido nacional aceptando que se confeccionase un documento donde lo que prima es el recorte y pego de dos propuestas de país muy diferentes. Tan opuestas como la que representa por un lado lo expresado por Wilson en «Nuestro compromiso con usted», aquel ejemplar documento que entre otras cosas proponía la reforma agraria y la integración regional y por otro la propuesta lacallista en la que insiste en su afán de representar la restauración velada del neoliberalismo, la patria financiera y el consumismo como única señal de éxito existencial.

El Dr. Lacalle, quien por suerte en los últimos tiempos no esconde nada de su esencia neoliberal y caudillista tradicional, distribuyó los roles de cada uno de sus correligionarios. A sus parlamentarios blancos les dio la clara instrucción de poner cuanto palo en la rueda puedan a este exitoso gobierno y de convocar a todos los ministros que se pueda, exista o no motivo real para hacerlo. A Larrañaga le tocó el papel del «malo», ordenándole aprovechar cualquier oportunidad para provocar a Mujica. Mientras tanto, el ex presidente, lejos del barrial que el mismo mandó regar, juega a presentarse como el estadista acuerdista y moderado que va a salvar al país de los «grasas» frenteamplistas.

En ese papel de hacerse el malo, el Guapo no ha parado de agraviar a la fórmula frenteamplista evitando el debate de ideas que tantas veces proclamó. Regodeándose al expresar, por ejemplo, que Mujica le tiene miedo a Lacalle y por eso se esconde para no debatir. Vociferando por televisión con el ceño fruncido que el Frente Amplio es esto o aquello pero con una fuerte amnesia respecto al gobierno de su partido o a los que su partido apoyó. Todo esto indica que se elude debatir gestiones de gobierno o modelos de desarrollo futuro de país. Nada de ejes programáticos ni de políticas a largo plazo.

Lamentablemente tampoco es posible dialogar sobre los puntos de acuerdo que el Frente Amplio tiene con el pensamiento de Wilson, cuando todos sabemos que gane quien gane las próximas elecciones, el Uruguay del futuro necesitará de acuerdos sólidos que perduren en el tiempo.

Confieso que no escribo esta nota con placer. Espero que esta campaña aún pueda transformarse en algo más que un campeonato de pulseadas. Ojalá que en lo que resta de la misma, Larrañaga y todos sus dirigentes cambien de actitud y vuelvan a actuar como los guapos de antes. Así, seguramente nos sentiríamos orgullosos de que el interés por el bien colectivo pueda superar los intereses personales.

No se puede insultar y ante la respuesta hacerse la víctima y reclamar a los demás lo que uno no es capaz de hacer.

Los uruguayos merecemos más que poses mediáticas, un debate serio entre modelos de país, sobre lo que cada uno hizo cuando gobernó el Uruguay y lo que proponemos para el futuro.

Está en juego el futuro de los verdaderos guapos ­que como dice la canción son los que se levantan a las 6 de la mañana­ aquellos que quieren saber si tendrán la seguridad del trabajo, la educación, la salud y se interrogan si será posible con su propio esfuerzo realizar sus sueños.

Si este panorama descripto cambiara con gusto nos retractaríamos de todas y cada una de las expresiones aquí vertidas.

|*| Diputado Asamblea Uruguay Frente Amplio

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