Dinosaurios
Un paleontólogo descubrió una madriguera donde se protegían los dinosaurios de las adversidades climáticas en el Cretáceo, antes de su supuesta extinción. Está al oeste de Melbourne, Australia, y es similar a otra hallada en Montana, Estados Unidos.
Lo único que prueba esto, y soy muy respetuoso de los científicos, es que los dinosaurios de todas las especies, y en continentes y hemisferios diferentes, tuvieron entonces hábitos muy parecidos para sobrevivir.
Cuando la cosa venía mal, se escondían en esas madrigueras que, ahora nos enteramos, había por todas partes. Luego asomaban la cabeza cuidadosamente, oteaban el horizonte y se aseguraban de salir sin riesgo a la vista, otra vez a pisotear y devorárselo todo.
Ya sé, lector. También se nos ha dicho aunque aún se discuta la causa que, al menos las especies antiguas, reinas de la Tierra, se extinguieron de modo fulminante.
¡El profeta flaco, barbado y descalzo bendiga a los científicos, a la duda que los guía y a su incesante búsqueda!
Gracias a ellos y aunque aparezcan discrepancias uno puede comprender mejor los fenómenos contemporáneos, incluso de carácter político.
Porque yo estoy persuadido de que esa extinción no fue total. Creo tan firmemente en la evolución de las especies que, quizás en esos escondrijos o en otros sitios, sobrevivieron y mutaron.
Y ya en nuestra era aparecieron los dinosaurios políticos, especie de igual voracidad y efecto devastador aunque sus individuos sean de dimensión más pequeña y fácilmente confundibles con el humano común.
Si hay razón en esta hipótesis llamémosla por ahora así sería sencillo explicar por qué hay tanto movimiento de dinosaurios de ese tipo, algunos tras carcelarias rejas, es cierto, pero otros correteando por ahí con sus fauces abiertas para, como le dijo el lobo a Caperucita, «comerte mejor». A ti, a mí y a él.
Deberíamos preocuparnos por hallar la forma de, aunque sólo fuese eso, devolverlos a sus madrigueras.
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