Nostalgia
El Chiquito Otegui quería una noche de la nostalgia distinta. Voluptuosa y con cierto empaque.
Colgó a la entrada unos papelitos blancos, estilo dientes de percherón. Agregó una bombita de sesenta, repuso la cortina de flecos que usaba en verano contra las moscas y paró un cartel inútil: «Se aceptan damas».
No conforme, pidió prestado un parlante para que el barrio no perdiera detalle del long play elegido para los habituales clientes.
Llegaron éstos y, enseguida, a chupar como el día del juicio final. La caña iba con carqueja, aceitunas negras, raíces de flor de pajarito o uñas de mulita marinadas en aceite y sal. La grapa, con cáscaras de limón gris, hojas de helecho, trocitos de caracú o porotos alubia. El vino tenía el color de un féretro enmohecido.
Cuando se oyó el primer tema ya habían ocurrido cosas: el Facha Ruiz, en la vereda, recitaba «Tu vuelta» porque nadie le pagaba la penúltima; Epifanio y Ruedita, donde el patrón había liberado espacio para bailar, se miraban con ternura infinita, tomados de las manos; el Negro Collazo y el Cascarilla Batista jugaban al truco con facturas de Tributos Domiciliarios; y el Flaco Petrulo y el Cachetona estaban enroscados en una payada de eructos y flatulencias con límite en la primera incontinencia.
Ahí surgió Heleno cantando «La chica de la boutique».
Para Epifanio y Ruedita fue una descarga eléctrica. Se dieron tremendo chupón. ¡La nostalgia! Pero enseguida, ¡ah, el miedo a la discriminación!, se agarraron a trompadas »¡¿qu’hacé’ hijo ‘e puta?!?», dijo uno, «¡¿te volviste loca, estropeada mental?!», respondió el otro- y la nostalgia murió por el qué dirán.
Y, sí, todos se sumaron al esotérico despelote.
Llegó la Policía y se los llevó. El juez los liberó a la mañana, para que celebraran la fiesta patria.
Al Chiquito lo procesaron por «asociación, en reiteración real, para destruir la moral y el hígado de parte de la sociedad».
A veces no conviene ser original.
Compartí tu opinión con toda la comunidad