Escrito por: Por Antonio Pippo
La tortuga biológicamente hablando es un reptil marino, del orden de los quelonios, de movimientos muy lentos.
Su porte y esa característica de desarrollo tardo, pausado hasta la exasperación de sus movimientos, han hecho que adquiriese un valor metafórico, transformándose en un adjetivo para la descalificación.
Admitamos que desde cierto punto de vista hay tortugas humanas y, lo que es peor para la sociedad, tortugas institucionales.
En el caso corporativo el vocablo tortuga es una especie de seudónimo, o de apodo, que oculta el nombre verdadero, capaz de causar una sensación inmediata de rechazo.
¿Qué nombre? Burocracia.
Los contribuyentes saben que la burocracia ejerce el verdadero poder, que es peligrosa, fuerte y sólida, con tentáculos terminados en garfios que llegan a todas partes. Repta con facilidad, se oculta con ingenio, se las arregla para ser vista en el balcón de enfrente y luego, de pronto, asalta como el más rápido y venenoso de los ofidios. Vaya paradoja: siendo tan veloz para el ataque jamás deja su condición de tortuga.
Bueno, ya es hora de revelar qué ha despertado estas reflexiones, que posiblemente hayan inducido a un accidente vascular en el lector.
Ocurre que la Dirección de Meteorología dio ayer una noticia conmovedora: culminó el sumario instruido a los funcionarios que, antes de su relevo, abandonaron el puesto en agosto de 2003, en las horas previas a que se desatara el nunca advertido, devastador y trágico temporal de triste recuerdo. Ese sumario, decidido en 2005, comenzó a andar, como una gigantesca tortuga de las islas Galápagos, a comienzos de 2006.
¡Tres años para resolver una circunstancia tan sencilla! ¿Cómo puede funcionar bien este país?
Señores, sepámoslo de una vez: esta gran tortuga es capaz de elevar la temperatura corporal y la presión arterial de cualquier persona normal. Y, tal vez, de empujarla a la tumba gracias a la sorpresiva aparición y rotura de un aneurisma.
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