Roedores
Declaro que, a diferencia de los autóctonos, los politólogos españoles, quizá por su gracia, me caen simpáticos. Uno de ellos ha dicho que en su país los políticos son «roedores silenciosos».
Acá no. Acá roen en el sentido de conmover, punzar o agitar el ánimo con una molesta sonoridad, masticando de modo estridente y exhibicionista. ¿Acaso participa un componente de hipocresía y de cinismo de campaña preelectoral?
Descantillar al adversario ha sido una vocación recurrente de los candidatos, aunque con diferentes estilos e intensidades. Pero nadie, aun poniendo por delante bambalinas de sospechosa cortesía, ha podido resistir la tentación de hacerlo. Claro, la fruición que mal disimulan algunos es poco menos que dantesca, ya que, metafóricamente, luego de roer a plenitud se les advierte incapaces de ocultar los dientes de los que cuelga la carne desprendida del hueso ajeno.
No se trata sólo de Mujica y Larrañaga; es un hábito generalizado.
Creer lo contrario sería una ingenuidad portentosa.
Pero, cuidado, tampoco esa cultura roedora es lo esencial.
Uno podría postular que el país se salva no sólo por una buena administración sino por el apoyo de acuerdos partidarios que permitan políticas de Estado. Continuar royendo, en silencio o a los gritos, disimulada o desembozadamente, con impostada galanura o con grosería, significa, antes que otra cosa, transitar, a plena conciencia, el camino de la perdición.
Sin embargo, la historia nos pega un cachetazo y de ahí proviene mi convicción acerca de que lo que pervive es la hipocresía y el cinismo. O sea que, concluida la elección, es probable que veamos a los roedores, unos y otros, con sus dientes a resguardo y sus cantos quebrados, intercambiando elogios y flores y anunciando consensos.
El problema es que, luego, igualmente, los grandes gestos nos serán escamoteados una vez más porque nadie quiere dejar de ser dueño de la verdad.
¿Una penitencia? ¿Nos la merecemos?
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