Acoso
¡Hombres! Basta de miradas acuosas de deseo, roces casuales que no disimulan la sudoración sexual, insinuaciones tibias o calientes y propuestas disparadas por bocas babeantes y respiraciones ansiosas.
¡Mujeres! Absteneos por igual. Nada de exhibiciones que incendien al macho bravío, flexiones o cruces de piernas con plenitud expositiva, meneos eróticos y supuestos chistes que invitan a la zambullida.
Quizás esta tarde Diputados haga ley el proyecto que castiga el acoso sexual en el trabajo, público o privado, y en la educación. ¡Allá va la cruzada, a detener a un invasor expansivo e irrespetuoso!
Ahora bien, es interesante, desde el punto de vista antropológico, saber que hombres y mujeres fuimos hechos para seducir desde el inicio de los tiempos. O sea, al cortejo, que proviene de las civilizaciones más primitivas, habría que llamarlo bisexual.
Hubo un cambio, claro. Cuando se comenzó a cultivar la tierra el papel del hombre adquirió más importancia. La mujer sedentaria perdió autonomía, se dedicó a criar hijos y, de cierto modo, dejó hacer.
Sin embargo, hoy ha vuelto al nomadismo, a la caza, la búsqueda de alimentos y la independencia económica.
Por eso se ha hecho común cierta confusión de roles; y por eso la mujer, aunque de manera tal vez más sutil, también acosa.
La mayoría de las personas no es consciente de las fuertes señales de romance que emite en el trabajo y en las mil y una circunstancias de la cotidianidad.
Entonces, lector, con ley o sin ella, es previsible que el acoso pelee para quedarse. Será derrotado en los ámbitos laboral y educativo sólo cuando se enseñe cómo relacionarse con los compañeros, cómo sonreír, cómo caminar, cómo tocar al otro.
¿Saldrá de un manual infalible? Quien lo escriba rápido habrá hallado algo similar a la prueba de la existencia de Dios.
Así que, machos y hembras, paciencia y salud mientras oramos juntos porque la ley, en su aplicación, no desparrame demasiadas barbaridades.
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