LA COLUMNA AMARILLA

No puede ser

Se fue caminando, como ungido de indulgencias varias, con un aire de impunidad y un porte de suficiencia algo apresurada, claro, dadas las circunstancias.

Es un hombre de veinte años, quien, en tiempos de su minoridad perpetró homicidios, rapiñas, hurtos y motines. Un juez de menores, precisamente, decidió su traslado a la Colonia Berro al descubrir, al modo de una resurrección inesperada de un mundo muerto, que tiene pendiente una condena por un delito cometido cuando no había alcanzado la mayoría de edad.

Fue a parar a La Casona, hogar abierto de la Colonia Berro y no a una instalación con medidas de seguridad. Técnicos que evaluaron su currículo penal y su aparente interés de rehabilitarse ­esto lo he supuesto yo-, así lo resolvieron.

Está todo mal. Es difícil que haya antecedentes de una concentración siquiera parecida de errores, ingenuidades, desatenciones y, probablemente, burocracia en su peor expresión.

Si el prontuario que se ha difundido es exacto, ¿cómo es posible que este individuo estuviese libre, disfrutando de esas calles de Dios?

¿Qué misterioso, extraño, raro mecanismo hizo posible que no cumpliese una condena por un delito que data de años atrás, desatino que, de pronto, un magistrado atento, tal vez horrorizado, descubrió ahora?

Si se está frente a un sujeto del que se conoce su peligrosidad ­por más arrugas que, a veces, la memoria humana tenga- ¿qué clase de evaluación psicológica puede derivarlo a un sitio del cual huir es juego de niños, cuando se dispone de otras posibilidades más sensatas?

Frente a cosas así, que no puede explicar, un amigo mío suele postular que debe haber un error esencial y él, de puro distraído, no se da cuenta dónde anida. Esto es bastante común. Pero la imposibilidad de advertir qué ha permitido tan portentosa acumulación de macanas, con el consiguiente sacudimiento de la sociedad, impone que alguien, con autoridad y sin echar mano de eufemismos, lo desentrañe.

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