Idolos
Chris Namús es bonita y simpática. Parecía destinada quizás sea muy pronto y lo esté aún, y sólo haya ocurrido un tropezón a la gloria deportiva.
Sus delicados rasgos y su esbeltez un tanto adormilada, como de sensualidad contenida, han hecho pensar en otros mundos, pero la verdad es que, aupada en la condescendencia presurosa, a veces un poco tontarrona de los medios de comunicación, y en ciertas demagogias aledañas, se convirtió en un ídolo fácilmente adorable.
A los pocos pasos de su carrera en el boxeo, dados con la desproporción de quien lleva las botas de las siete leguas y con velocidad igualmente excesiva, algo ocurrió. No se trata aquí de averiguarlo. No es mi cometido, lector. Sin embargo, también es cierto que las circunstancias que de pronto la rodearon, con un escándalo que unió a apoderados, entrenadores y unos cuantos advenedizos, confundió a los devotos y, por lo que se ha visto, la confundió a ella.
Luego de acumular fugas y silencios sospechosos y, finalmente, crear su reaparición llena de empaque y sonrisas de publicidad de dentífrico, una trompada atrevida y final la dejó en la lona, la condujo a una pasajera histeria y llevó tristeza e incomprensión a la gente.
¿Se nos deshizo el ídolo? ¡Por favor! Ahí andan otra vez la impaciencia, el dramatismo que nuestra cultura impone a la vida aparente. Porque la real, la que importa, va por otro camino.
Ahora bien, Chris es mayor de edad, se la supone inteligente, o avispada, así que no es fácil hablar de responsabilidades sin que enfrente, primero, la suya; obviamente, en todo deporte se gana y se pierde, y en el boxeo, particularmente, la sorpresa suele ocultarse en la aparente inocuidad de una morenita agazapada.
No obstante, en eso vale poco la pena pensar ahora. Hay que ver qué hará esta chica que, al menos a la distancia, provoca tanto afecto.
Ojalá no se equivoque. Ojalá la necesidad de idolatrías o de gestos para el halago fácil la deje en paz.
Compartí tu opinión con toda la comunidad