Dividendos
Alrededor de dos mil personas se concentraron en un sitio llamado Casa de Redención, en San Mauricio, Paysandú, cerca de la mítica estancia «La Aurora». Fue una jornada de oración a la búsqueda de un sanativo cósmico, organizada por quienes quieren construir allí el Centro de Curación Planetaria, rinden devoción al Padre Pío y creen que somos visitados por extraterrestres.
Esto se parece a otras excursiones por el disparate que datan de millares de años. Por ejemplo, la costumbre de los pobladores de Changsha, China, que baten gongos para «espantar al perro celeste cuyo intento de engullirse la luna es causa de los eclipses»; claro, como en algún momento todo eclipse desaparece, nadie ha logrado quebrarles su fe.
¿Por qué no aguardar entonces, aunque el tiempo cause desánimo entre aquellos que rezan y disloque sus vértebras cervicales de tanto mirar al cielo, a un curador que baje de una nave llegada quién sabe de dónde?
Bertrand Russell, enemigo de prometerle a los hombres algo considerado bueno sólo abstractamente, defendió la idea de darles, si se quiere acrecentar su felicidad, todo lo deseado o necesitado. El librepensador anglosajón, que exhibió abundantes pruebas de su agnosticismo, se habría visto ahora, a la luz de esos pensamientos suyos, bastante incómodo.
A los orantes de la cura cósmica una creencia abstracta hasta el borde del delirio se les está dando, o mejor dicho prometiendo, algo que desean y necesitan. Sólo que ello ocurre en ancas de una superstición, parecida a la que se aferra Ruedita, que cree que a la noche, luego de cada borrachera galáctica, es visitado y violado por unas mujeres enormes, rosadas, que proceden de Venus. Es más, dice que hasta le han mostrado el pasaje.
Extraterrestres amigables, curas cósmicas, perros celestes y venusinas ninfómanas. Qué lío ¿no?
Menos mal que ya hubo un resultado bueno e inmediato. La industria turística de Salto y Paysandú hizo su agosto.
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