Veredas
Las vereditas de Montevideo tienen ese… qué sé yo, ¿viste?
Las hay prietas, parejas, de línea precisa, como ajustadas al milímetro más por un sastre que por un albañil. Por momentos están tan limpias que parece emitiesen luz. Guían y no entorpecen. Desafían al paseante, incluso a esas osadas chicas y hasta señoras maduras que usan, ufanas, zapatitos de taco aguja. Estas veredas reivindican un estatus casi aristocrático, orgullosas de su linaje y de su solidez a toda prueba. Obviamente, les encanta la adulación.
Son las que llamaríamos veredas de clase alta. Quedan muy pocas.
Las hay no tan ceñidas, como pegadas en un anadeo alcohólico, con zonas vacías que semejan escotes peligrosos, sobre todo si se va mirando el cielo y silbando un tango. Exhiben algunas flojedades, generalmente húmedas, impidiendo cualquier alardeo por facilitación del caminar del contribuyente. Admiten calidades y diseños diversos, que igualmente alguien teje sin miramientos, a lo bestia, convirtiéndolas en un crucigrama de atracción turística.
Son las que llamaríamos veredas de clase media. En un tiempo fueron la abrumadora mayoría, pero ahora sus filas están raleadas y cada vez quedan menos.
Y las hay ridículas, falsificadas, en realidad hechas para caballos de tiro y no personas, aunque sea difícil distinguirlo. Los muy observadores quizás las comparen con esos escombros de parroquias derrumbadas por el tiempo y el desdén de los fieles. Aparecen muchas puntiagudas, estilo estalagmitas, y otras simplemente partidas, dando la imagen de haber sido objeto de la furia de un escultor surrealista. Se ven aupadas, puntiagudas, mal acomodadas por un maniático. Eso sí: camaleónicas, tramposas y tercas en su juego del tropiezo ciudadano. Insalubres, en fin.
Son las que llamaríamos veredas de clase baja. Son las más.
Las preguntas caen sin esfuerzo. ¿Cuándo habrá equidad en las veredas de la bendita Montevideo? ¿Cuándo serán, si no iguales, parecidas?
Compartí tu opinión con toda la comunidad