Socios
Para insistir acerca de su teoría de que el tipo el ser humano, en su entrañable lenguaje es un prófugo existencial, Wimpi usó una vez un ejemplo muy divertido.
Textualmente: «Cuando alguien le va a pedir una garantía dice que no puede por los compromisos con el socio. Si se la pide el socio dice que no puede por compromisos que tiene fuera de la sociedad. Y cuando trabaja solo pone un aviso en los diarios buscando un socio. El socio es una cosa que el tipo usa para encerrarse o para disculparse».
¿A qué viene el recuerdo? Es una metáfora oportuna. Cuando los países se enfrentan a problemas graves, que exigen políticas de Estado, o sea ésas que una vez definidas se defienden del tiempo, la asociación resulta esencial: séase gobierno, séase opositor, hay que hallar un punto de encuentro, el consenso.
Es lo que ocurre con la reforma del Estado, proyecto que recuperó el pulso, o la harto debatida y escurridiza cuestión de la seguridad y de cómo mejorarla. La administración actual se ha esforzado mucho a la búsqueda de esa seguridad. Empero, admite que no ha sido suficiente.
Entonces, ya en medio de una corcoveada campaña preelectoral, aparece la oposición con sus propuestas.
Está claro que ni antes ni ahora hubo el menor atisbo de acuerdo.
Al contrario, unos y otros siguen semejantes al prófugo de Wimpi, ese tipo que sólo trata de justificarse y no acepta nada que provenga de la vereda de enfrente, escapando de la verdadera responsabilidad.
Si una vez concluida la votación, y elegido el nuevo gobierno, las cosas siguen por semejante camino, ah, bueno, mi amigo, estaremos perdidos.
Aceptar entendimientos con el adversario por el superior interés general es un acto de madurez. Así, quienes se han escabullido dejan su lugar a tipos que igual se plantarán con sus convicciones, pero dispuestos a escuchar e incluso aceptar ideas, pensamientos o sugerencias ajenas.
No hay caso. Ha pasado el tiempo de pretextos y de huidas.
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