Crispación
-¡M’está’ pasando, loco! gritó Ruedita cuando el Chiquito Otegui le presentó la cuenta del mes.
-¿Sabés lo que pasa? el patrón pareció a punto de estallar. -¡Sos una rata! ¡Inventaste un alemán propio para olvidarte de lo que te conviene!
-¿Un qué…?
-¡Un Alzheimer, desempleado mental!
El espíritu que se vivió ese día en el boliche fue de crispación.
Más allá del desenlace de esta peripecia, cuyo relato reservo para más adelante, ese mismo sustantivo es aplicable hoy a otras circunstancias.
Lo digo de otro modo: hay dos maneras de ver cómo discurre la campaña preelectoral; una, observando el comportamiento de los candidatos y colaboradores más cercanos, tanto en sus dichos como en sus hechos; otra, haciendo exactamente lo mismo con los ciudadanos comunes.
Pues bien, entre unos y otros aunque obviamente, y como ahora se suele decir, haya honrosas excepciones predomina un ánimo crispado. Tufo a rabia, ira. Nos desbordan los adjetivos estridentes, pasando por encima del concepto, del conocimiento, de la razón.
Al faltar serenidad y tolerancia se pierde, para debatir, el sentido común. Incluso los propósitos se tornan vagos y la reflexión padece dentelladas de un loco dogmatismo al que se podría llamar provinciano y miope.
No se está dando y pese a que esto es también una generalización vale preocuparse una imagen constructiva, de las que demuestran que una sociedad evoluciona hacia una convivencia más civilizada.
Primero apareció la desproporción de los enunciados. Ahora, con parte de los programas a la vista, sobrevino esa crispación que empuja, ardida, a la vuelta de cualquier esquina, frente a cualquier micrófono.
Aclaremos los tantos, según aconseja el Facha Ruiz. ¿Quién piensa en una campaña tan limpia y delicada que parezca un pasmo? ¿O de cera, como las sagradas velas de un oratorio?
Siempre habrá desplantes, agravios, despropósitos.
Pero esta crispación generalizada no nos está llevando a ningún sitio bueno.
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