Urnas y honras
Una urna tiene, igual que las sepulturas arcaicas, significados simbólicos.
Según Mircea Eliade, quien investigó durante décadas, entre los mejores ejemplos de tumbas con una significación mística o religiosa que no patriótica todavía- figuran las de Teshik Tash, en el Uzbekistán, la de Chapell-aux-Saints, en Corrèze y la de Feriase, en Dordoña.
Al muerto, o a sus restos cenizosos, se le rodeaba de una sarta de cuernos de cabras monteses o aparecían alrededor utensilios de sílex y trozos de ocre rojo. Tales objetos implicaban la creencia de una vida más allá de la muerte y que el difunto continuaría con la tarea emprendida.
Así que, lector, vaya calculando.
Y no me venga con que la civilización ha disuelto semejantes costumbres. En todo caso las ha maquillado, coreografiado o escenificado de acuerdo a las posibilidades de cada época.
Justo aquí se me ocurre preguntar algo que le puede parecer a usted inocente: cuando el presidente Vázquez propuso el traslado de la urna con los restos de Artigas al Edificio Independencia, ¿habrá advertido la complejidad de la polémica que se le podía venir encima?
No se trata sólo de quienes, lloriqueando, se aferran al mausoleo como a la madre que los deja en la puerta de la escuela el primer día de clase. Están los que se oponen a sacar la urna de allí, pero siempre y cuando se mejore el sitio y se incorporen las frases del prócer que los militares prohibieron.
Si le parece poco, hay también otros, cuyo inesperado patriotismo les ha hecho pedir el traslado a Sauce, a la meseta del litoral o a la zona de Purificación.
En su momento, di mi opinión.
A fuerza de atender la discusión, una suerte de extraña duda entre el besuqueo y el mordiscón, reafirmo que esto sólo lo resuelve un plebiscito. Al menos si se pretende dejar a Artigas, de una buena vez, en algún lugar que le haga honor.
Aunque sospecho que eso no el plebiscito, sino que dejen quieta la urna- es una ingenuidad mía.
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