CLIENTELISMO, LA NEGACION DE LA POLITICA
Hace unos días, nuestro candidato a presidente José «Pepe» Mujica, lo advertía con total claridad. Nuestro candidato a vice, Danilo Astori, también lo había planteado en diferentes apariciones públicas.
En Uruguay, en 2009, la tentación y la presión del clientelismo político, todavía persiste. Los cientos de listas que caracterizaron la presentación del Partido Nacional en esta última elección interna, marcan un preocupante indicio en esa dirección.
En el departamento de Canelones, la realidad superó a la ficción y había más listas que pueblos y ciudades. Esto nada tiene que ver con matices políticos o ideológicos. La proliferación de listas, no está inspirada por un proyecto colectivo definido por causa o programa alguno, en todo caso su apariencia, se acerca mucho más a la de una red de intereses particulares, de corte clientelar, como la que afectó a nuestro país durante mucho tiempo.
Nos referimos a aquella vieja y archiconocida expresión del toma y daca, del cuanto tengo y cuanto me das, donde cada puñado de votos representa la promesa de algún cargo para el puntero o de algunos empleos para sus seguidores. Este mecanismo, asumido durante muchísimos años como una norma en el hacer política tradicional, representó un enorme daño acumulado para el país. Ese país y esa forma de hacer política, aún no termina de desaparecer, pues al interior de los dos partidos tradicionales que la acuñaron y prodigaron durante tantas décadas, todavía «vive y lucha», el clientelismo.
El espectáculo nacionalista en la elección interna, nos exhibió a todos un panorama muy poco alentador. Los cientos de listas, irónicamente y públicamente justificadas, como «la participación de la gente», por los dirigentes del Partido Nacional, indican que la tendencia al clientelismo aún está intacta y puede renacer con renovado empuje. Esa forma de hacer política constituye un verdadero lastre para la vida pública de nuestro país. Significa todo lo contrario a los valores de la acción política inspirada en ideas, en un proyecto político, en una causa social relevante.
Durante décadas toda la política de este país estuvo densamente contaminada por el tráfico de influencias, de empleos públicos, de teléfonos, jubilaciones, de mover expedientes. Se obtenían ventajas con la tarjeta de un diputado o senador, blanco o colorado, se accedía a distintos favores o posibilidades. Esto fue así, sin solución de continuidad, hasta mediados de los años 90. Allí, los propios avances tecnológicos, la información, las denuncias, la prensa, el rechazo generalizado de la inmensa mayoría, pudo reducir gradualmente estas prácticas, hasta que la llegada del Frente Amplio al gobierno nacional consiguió extinguirlas en el Estado a nivel central.
Las empresas públicas como espacio discrecional para el cumplimiento de favores y ayudas para aquellos que juntaron votos, se mantuvieron hasta el final del último gobierno colorado. Chapas, bolsas de cemento, bloques o ladrillos, se entregaban desde las intendencias en el Interior, para aquellos que colaboraban electoralmente a nivel del departamento, cuando no, directamente se incrementaba la plantilla de trabajadores y jerarcas para cumplir con las promesas. Uno de los ejemplos más escandalosos, lo tuvimos aquí muy cerca, en lo que constituyó el desastre administrativo de la Intendencia de Canelones, durante el último gobierno colorado.
Los partidos tradicionales presentaban 3, 4 y hasta más candidatos a la Presidencia de la República, al amparo de la ley de lemas, expandiendo una arquitectura electoral basada en la multiplicación de listas que conformaba una enorme cooperativa de votos. El único fin de buena parte de los que armaban su lista, era el obtener por esa vía, una recompensa en cargos y empleos públicos. El descontrol provocó que, los propios blancos y colorados, comenzaran a presentar Rendiciones de Cuentas con «Gasto Cero», para detener el crecimiento del clientelismo que asfixiaba las finanzas del Estado.
No fue suficiente. El desorden y la irresponsabilidad llegó a tal punto que, durante el segundo gobierno de Sanguinetti, se debió aprobar una ley que prohibiera el ingreso a la función pública por diez años. Fue de esa manera, que llegamos al colmo de toda esta maquinaria perversa: blancos y colorados, los mismos que utilizaron el ingreso a la función pública como herramienta electoral por décadas, debieron aprobar una ley para poder ponerse límite a sí mismos.
La consecuencia lógica fue el envejecimiento de la plantilla de funcionarios públicos, justo en una etapa de renovación tecnológica, donde se necesitaba el concurso de funcionarios más jóvenes, con mejor perfil para el uso de nuevos instrumentos de gestión. Pero el descontrol y el repudio de la sociedad a ese tipo de prácticas destructivas, obligó a hacer más cosas y, finalmente, la reforma constitucional del año 1996, consiguió terminar con los partidos usados como meras cooperativas electorales.
Los analistas políticos siempre expresan que el Frente Amplio, más allá de ser una comunidad de ideas, de representar los valores y la tradición de la izquierda nacional, es también, y con mucha fuerza, una comunidad de sangre. Que se fraguó, en el sufrimiento, de la persecución y la represión, en la resistencia y el combate al autoritarismo. Un pasado cercano que templó nuestra unidad y el valor de nuestra lucha, generando una identidad poderosa e inconfundible.
Es cierto. Pero también nos ha unido, entre otras cosas, nuestro rechazo y nuestro repudio al clientelismo político tradicional y a la forma de hacer política que sustenta. La injusticia y la decadencia que expresan el acomodo y el despilfarro, el clientelismo. La izquierda lo rechaza de plano y es una convicción fundamental, en nuestro pensamiento y en nuestra acción. Su combate es parte de nuestra historia y de nuestro capital político acumulado en el seno de la sociedad.
La victoria en octubre, que entre todos debemos construir, para llevar al Frente Amplio a un nuevo período de gobierno, tiene argumentos de sobra. Sabemos que no es una tarea fácil, por ello, juntos, tenemos que redoblar el esfuerzo. Y tendremos que recordar a cada instante que, si fracasamos en nuestro empeño, se va a agregar a la gran lista de retrocesos para el país, también la vuelta del clientelismo político. Parece que los dirigentes blancos y colorados, hasta ahora, no han encontrado otra manera de organizar su convocatoria electoral y su poder de captación.
A no olvidarse. En octubre se juegan muchas cosas, entre otras, un posible retroceso hacia una vieja y perniciosa forma de hacer política. El clientelismo aún está presente y, depende de los uruguayos, el poder enterrarlo definitivamente.
|*| Senador, Nuevo Espacio FA
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