¿Están o no?
En el ámbito legislativo, sobre todo en los plenarios de ambas Cámara y particularmente en Diputados, se constata un curioso fenómeno de desapariciones.
¿Será el miedo a contraer la gripe porcina, pese a la tranquilidad que han pretendido transmitir las autoridades sanitarias?
¿Acaso se ha detectado en las añosas salas algún virus o alguna bacteria desconocidos que inciten a la huida apresurada y sin pudor?
La cosa es que cada sesión, desde que fueron decididas las internas, cuenta con menos parlamentarios y aquellos que asisten, en su mayoría, exhiben una inquietud corporal de tal carácter que les impide permanecer en su sitio más de unos pocos minutos, aunque a veces, para que observadores como uno no pierdan la esperanza, vuelven.
Los pocos que se quedan de principio a fin o apenas se levantan para cumplir con sus necesidades fisiológicas, porque bueno fuera que se entregaran a la incontinencia en el augusto recinto- de todos modos suelen concentrarse en breves y locuaces grupos, con absoluta indiferencia por lo que algún colega esté exponiendo.
En cambio, y he aquí otra rareza, el ambulatorio, los pasillos y los despachos se ven poblados y presa de una agitación parlante, de esas que estiran las bocas en sonrisas o las crispan como ombligos viejos y con pelusilla y que, sin hacerle asco a la irresponsabilidad, trasiegan comentarios, versiones o chismes. En el ambulatorio, por ejemplo, no estarían de más unos semáforos.
Ah, claro, pero qué tonto soy.
¡Si arrancó la campaña hacia octubre como el tren bala japonés! No habrá bálsamo que le traiga serenidad de movimientos a nadie.
Quizás estos respetables señores que nos representan se comprometieron a eso ¿no?- debieran pensar que esta legislatura cierra en setiembre. ¡Y quedan tantas cuestiones a resolver!
Yo, humildemente, preferiría hasta el presagio de sesiones de impresionante griterío y amenazas, para no sentir que el Parlamento se nos ha muerto de golpe.
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