Kabul
Las ciudades deben renovarse. No es cuestión de modistería sino de adecuación a los tiempos, a las nuevas tecnologías y a las necesidades del crecimiento.
Eso sí, hágase con prudencia. No convienen las cabalgadas.
Precisamente, la Intendencia de Montevideo enviará pronto a la Junta Departamental pliegos de licitación para intervenciones en espacios públicos. Se incluyen el antiguo control de ómnibus de Mercedes y Arenal Grande, la plazoleta frente al BPS, las veredas de la Universidad de la República, los paradores Kibon y del Cerro, el Tajamar de Carrasco y el Parque Rodó.
Estas obras implican la construcción de un complejo municipal con estacionamiento, un hogar diurno, una estación de taxis para adultos mayores y remodelaciones varias, que se espera inaugurar junto a la plaza «Líber Seregni», en la manzana comprendida por las calles Haedo, Martín C. Martínez, Daniel Muñoz y Juan Paullier.
Aunque yo ignore la razón de esta ebullición, de este lanzamiento a granel de proyectos urbanos, debo celebrar la preocupación de las autoridades municipales por mejorar la capital del país.
Mientras tanto, y como todos sabemos y padecemos se están haciendo muchas otras cosas.
Entonces me pregunto, inquieto por ser eventualmente incomprendido: ¿Habré de ser crucificado, o lapidado en público, si me permito sugerir que alguien no sé quién, lo lamento coordine todo esto de manera más eficiente?
Es necesario para que Montevideo, ¡por favor!, deje de parecerse, lo más pronto posible, a Kabul durante un bombardeo norteamericano.
Está bien: todo se hace a nombre del progreso. Pero nos ha sido escamoteada la comodidad que hasta ahora gozábamos, al menos parcialmente, para recorrer la ciudad. Ahora esta se asemeja demasiado a una congestión de escombros, a calles y veredas ahuecadas y traicioneras, a una disparatada carrera de obstáculos y a un tablado de máquinas y trampas que nos obligan a irla de dominguillos para evitar fracturas.
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