Escrito por: Tercera época Por Antonio Pippo
Cuando he insistido en que los candidatos debatan, no ha faltado –con cortesía casi alevosa– quien me contestase: “¡Pero hombre!, ¿no te das cuenta de que lo están haciendo a diario?”.
Sí, claro. Por los medios de comunicación. Huyendo de la simultaneidad.
No sé cuándo empezó esta costumbre. Posiblemente al mismo tiempo que creció la complejidad de la política y el miedo de meter la pata frente al otro, sin distancia salvadora.
Un candidato hace o dice algo y, es verdad, enseguida aparecen sus adversarios a contradecirlo a través de un diario, una radio, un canal y hasta de Internet. Ese contraataque tendrá la consiguiente respuesta de quien fue respondido antes, y así hasta la eternidad. Bueno, sin exagerar: hasta que el voto dirima todas las cuestiones. O uno se lo crea.
Si yo declaro en radio “La quisquillosa” que el país debe producir diamantes, mis oponentes dirán que estoy loco en el semanario “La hoja parroquial” o en el canal “El refunfuño agitado”, y yo, luego, volveré a la carga.
Me veo obligado a repetirme: esos no son debates. Al menos, no los que el ciudadano común, con capacidad de pensamiento crítico, necesita para ejercer sus deberes cívicos con la mayor responsabilidad posible. Esos son escarceos del estilo de quienes olfatean con cierto apuro un vino, luego de sacudirlo en la copa como si fueran a hacer una masa para tallarines un poco grande. Epístolas sin gastos de franqueo, según palabras de un escritor recientemente premiado.
Los debates, si seguimos al mundo moderno, deben ser mano a mano, frente a cámaras y con un moderador profesional e inteligente. Deberíamos llenar al país de tales debates, siguiendo un plan racional, de modo que no quedase afuera ningún asunto ni opinión trascendente.
¿Pérdida de tiempo? Al contrario, es un ejercicio democrático, de confrontación de ideas y perfiles. Si hay tolerancia no tiene por qué ser menoscabada la personalidad de nadie.
Ni la de Ruedita, si debatiera.
OTRAS NOTICIAS EN LARED21