Respeto
Eramos cuatro personas frente a un local de esas empresas privadas donde se realizan diversos trámites: pago de facturas, cobro de pasividades, giros, jugadas de quiniela y tómbola, etcétera.
Junto a mí, una señora chiquita, avanzada en años y las arrugas derramadas en las mejillas; un hombre obeso, dominado por la ansiedad y tejiendo laberintos en su cabello de tanto sacudírselo; y un joven educadísimo, de buen ver, habituado a la tramitación y algo grueso para la edad.
El local debía abrir a las nueve de la mañana; sin embargo, no pudimos entrar hasta quince minutos después, lapso durante el cual observamos, a través del ventanal, cómo el empleado de seguridad llenaba, escribiendo con torpeza y lentitud de burro de carga abusado, la pizarra con el resultado de los juegos de azar.
La viejita tiritaba de frío y mirarla era un llamado a la misericordia. El hombre había dejado en paz a su pelo pero oteaba el reloj como un loco momentáneo, mascullando palabras menos mal ininteligibles. El joven parecía cortésmente incómodo; lo miré y entonces dijo: Todo es así en este país, lento, lento. Es una cultura. No les importa la gente.
Asentí con prudencia y eso lo estimuló: Los quiero ver ahora, con las nuevas generaciones que viven a otro ritmo, dominan la tecnología y no se aguantan estas cosas.
Dudé: «¿Estará advirtiéndonos de un grave problema social en ciernes, tal vez de una fractura entre el hábito dominante y el empuje juvenil inexorable?».
Pues, sí, apenas uno sacude un poco el asunto en la cabeza debe darle razón.
¿Se han preparado para esto quienes toman decisiones? ¿Los políticos han incluido en sus programas aunque sea acciones contra esa lentitud, esa indiferencia por el otro, ese hacer las cosas como dé la gana a cada cuál sin pensar en los demás, a quienes se debe servir?
¿Alguno estará pensando en el problema de esa falta de respeto que nos dispensamos cuando debemos atender al semejante?
¿Y en la lentitud?
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