Escrito por: Tercera época Por Antonio Pippo
A veces, las cosas se ven venir. A veces, no.
Así ya era complicado. Ahora es peor. Neurocientíficos norteamericanos han hecho una experiencia interesante acerca de las propiedades del sistema visual humano, que tendría esto es una simplificación de mi parte dos vías: una conduce nuestros actos y otra nutre nuestras percepciones conscientes.
Por eso Bush se agachó en Bagdad cuando le lanzaron un zapato; la primera de esas vías, vio algo sin que el ex presidente fuese consciente de qué se trataba, dio la señal de alarma y el cerebro ordenó el movimiento defensivo. En cambio, el primer ministro iraquí, que estaba al lado, permaneció inmóvil; se guió por la segunda de las vías, que le hizo percibir conscientemente que no había riesgos para él.
No es nuevo que la vista humana responde a un sistema muy complejo. Según descubrió Helmholtz hace casi un siglo, “el aparato de percepción óptica ha de hacer complicadas operaciones estereométricas, simplemente para que pase esto: cuando muevo mi pipa de un lado a otro ante mis ojos, la acerco a estos y vuelvo a alejarla, veo que ese objeto tan familiar conserva siempre la misma forma y magnitud”.
Como estamos demasiado habituados a tales maravillas de la compensación, es bueno que la ciencia siga ahondando en estas investigaciones.
Entre otros, y lo prueba el cómico ejemplo de Bush, lo necesitan los políticos para ver venir las cosas, tanto en sentido literal como figurado o metafórico.
De todos modos, hay un problema acerca de cuya solución por la ciencia descreo, salvo que la evolución de la especie nos reserve sorpresas extraordinarias.
Si yo me guiase por lo ocurrido a unos cuantos políticos uruguayos, no había forma de que vieran venir lo que les cayó encima. Para ello deberían haber tenido ojos en la nuca o en la espalda.
Como no es así, no los bendijo la posibilidad defensiva de Bush. Les llegaron por detrás y les propinaron una soberana patada en el culo.
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