¿En qué quedamos?
Promesas no faltaron acerca de una campaña preelectoral civilizada, sin insultos, sin cacareos arrogantes ni acusaciones desproporcionadas. Las hicieron los candidatos que quedaron en pie.
Sin embargo, empezaron mal, al revés.
Hay un libro muy interesante del padre de la etología moderna, Konrad Lorenz, sobre los complicados sistemas de comportamiento social de los animales superiores. Dice allí que «se aproximan, de manera asombrosa, a la conducta moral responsable del ser humano». Un ejemplo es el de los pingüinos, entre los cuales están prohibidas las luchas en el lugar poblado donde crían, por el peligro para los huevos; los machos belicosos son separados enseguida por individuos que no participan de la pelea y acuden con rapidez.
En el escenario político esos huevos representarían el futuro del país.
Pero es interesante, sobre todo, la preocupación de Lorenz por el conflicto latente entre el impulso de agresividad, instintivo, y el mecanismo inhibidor. Es la causa de unos desequilibrios indeseables. A éstos los califica también de instintivos, naturales, y explica que ocurren cuando el conflicto se da entre especies diferentes, si una de ellas carece del mecanismo inhibidor o no entiende la «postura de sumisión» que asume la otra.
Esto de la sumisión es fascinante: en el hombre y aunque proviene del origen mismo de la evolución de las especies- es una actitud tan habitual como la extensión de la mano para saludar, la inclinación de cabeza o quitarse el sombrero.
No debería ser extravagante para los candidatos saber cómo se hace esto y cuándo y por qué hay que hacerlo.
La carencia del mecanismo inhibidor, ah, bueno, eso es otra cosa. Habría que identificar a quienes la padecen para no sorprenderse por ciertas conductas destempladas o estilo patota: -¡Vení, salí, que te v’iá’ dar pa’tabaco!
Sorpresa no, conmoción tal vez, porque si no son capaces de superarlas nos harán retroceder a épocas despreciables.
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