El ciudadano
La verdad no es sencilla. Que lo haya dicho Ortega a quien me permito parafrasear sólo honra esta convicción.
Tal vez por eso ahí andan politólogos y encuestadores, tratando de que, en una pantomímica prisa, las cosas, aun aquellas ornamentales, encajen en su arbitrariedad. Lo ocurrido el domingo pasado, aunque lo disimulen o lo nieguen, ha hecho trastabillar a más de uno.
Bueno, eso que ocurrió ¿cuánto incidirá en octubre y de qué manera?
En realidad, poco interesa el aluvión de redundancias en que incurrirán los llamados especialistas. No creo que ayude al juicio crítico y libre de los ciudadanos. Sin embargo, es probable que, desde ahora y hasta el cierre del proceso electoral, nos desborden sus análisis, interpretaciones y pronósticos, que danzarán en torno a lo adjetivo o a lo esquemático; es decir, volverán a regalarnos circunloquios capaces de desquiciar a una ameba.
Con todo respeto, convoco a la indiferencia.
Creo que lo esencial está en manos de la gente capaz de captar el entrelineado del mensaje de los hombres que disputarán la presidencia de la República, y de no ceder en su derecho a la desconfianza ni a la exigencia de la prueba.
Porque resultó hasta curiosa la irrupción, tras las internas, de cierto discurso gentil, casi romántico, de Mujica y Lacalle. Si detrás estuviese la verdad, habría que celebrarlo: fueron invitaciones a la construcción y no a la pelea, al entendimiento razonable y no al dogmatismo.
Pero los dichos deben ser correspondidos por los hechos.
Nunca como ahora es necesaria la participación y el compromiso del individuo común, presionando, emancipado de los aparatos políticos.
El Uruguay del futuro exigirá acuerdos. Qué bueno abrirles la puerta ya. Si los líderes dudan, los ciudadanos deben ir a empujar y entonces, entre todos, «labrar la nueva alegría», como también decía Ortega.
Si’l paí’ queda partido, de pique t’aumenta’ el chupe dijo Ruedita, con su lógica implacable.
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