Plebiscito
Debe haber pocos muertos ilustres en la historia universal que hayan sufrido tantas mudanzas como Artigas, el hombre llamado conductor de los pueblos libres y padre de la patria.
En realidad, podría verse la peripecia de sus restos a través del tiempo como una metáfora de su vida.
Libertario, vencedor, adorado, acosado y traicionado, seguido por su pueblo, exiliado, luego reivindicado, manipulada su imagen según la época y según conviniera al poder de turno y múltiples veces sometido a revisiones históricas, supongo que si viviese añoraría desesperadamente su pacífica, bucólica vida bajo aquel árbol en Paraguay, junto a Ansina, el negro fiel.
Ahora, el presidente Vázquez se ha empeñado en mudar de nuevo sus restos, que irían a parar al Palacio Estévez.
¿La razón es sólo el lugar acerca del cual el mandatario ha expresado su rechazo, pues se trata de sacarlos de una construcción hecha por la dictadura y depositarlos en un sitio que representa «a la democracia y a la dignidad»?
¿O, tal vez, aunque se haya hecho menos cuestión de ello, influye que el marmóreo y excesivo, pomposo mausoleo se ha agrietado, se llueve y se inunda?
Incluso, uno podría preguntarse si hay otra razón, inadvertida por el ciudadano común, que justifique una decisión que sorprendió no sólo a la oposición sino a muchos oficialistas, creando una polémica que parece, si se presta atención al momento, una reverencia a la inoportunidad.
Yo sólo estoy convencido de que esto debe ser resuelto de otro modo.
Si Artigas es para los orientales lo que se ha jurado durante dos siglos, únicamente le cabe al pueblo, a través de un plebiscito, tamaña responsabilidad.
Algo sugiere que el olfato de Vázquez sigue siendo bueno, porque aclaró que, si las circunstancias lo obligan, está dispuesto a juntar firmas.
Que lo haga, así la cuestión pasa a ser de todos.
No le queda mucho tiempo. Quizá por eso lo haya tentado el atajo de una ley apurada en el Parlamento.
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