Preservativos
Al principio, una promesa. Ésta será la última vez que haga reflexiones sobre las encuestas preelectorales. (Es verdad, creo que ya lo prometí antes, pero, qué sé yo, la carne es débil, la tentación grande y el Señor perdona).
Las encuestas sobre todo estas de último momento, sacadas a la manera de chorizos de un carrito abarrotado de clientes- son como los preservativos: están hechas para que le calcen bien a cualquiera.
Ya no se contradicen sólo entre ellas, sino que algunas lo hacen consigo mismas. Todo concurre supuestamente al interés del consumidor. No es serio. No enriquece ni aclara la información al ciudadano. Pasto sabroso para las fieras del humor.
Un amigo me dijo: -Se parecen a un cuento sobre extraterrestres. Lo hagas como lo hagas, nadie te lo va a creer.
Si se las sigue con atención, una a una, relacionándolas temporal y contextualmente, y se trata de razonar acerca de ellas para extraer una conclusión, está el riesgo de terminar como Sosa y Juan Pedro, los personajes del cuento «¡Qué lástima!» de Paco Espínola, que, de tan borrachos, salen del boliche amiguísimos, abrazados, pero confundiendo sus nombres.
Fontanarrosa, un visionario, aportó un aforismo que, indirectamente, de costado, tal vez venga al caso: -El amor es ciego. Practica Braille con tu amada.
Ahora bien, quiero ser justo. Hallé para ellas una justificación filosófica. Tal como las presentan quienes las hacen, las encuestas son una suerte de pragmatismo en la visión de los fundadores de esta doctrina, James, Schiller y Dewey- cuya base, según Bertrand Russell, es una especie de escepticismo que resulta un tanto curioso: si bien sus teorías no pueden probarse tampoco pueden impugnarse, lo cual concluye en la abstención del juicio.
Bueno, lector, ahí están las encuestas, dicen lo que dicen, nos recuerdan que son una muestra y no olvidan su margen de error. Hagamos con ellas lo que queramos.
Por ejemplo, prescindamos de darles pelota.
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