Homenaje
En época no tan lejana el sombrero era el símbolo de la caballerosidad y el buen gusto, y representó el talante supuestamente honorable de la aristocracia, de cierta burguesía populista y de parte del universo artístico.
Está claro que, al paso del tiempo, el sombrero bajó de precio y se lo puso todo el que quiso. Dejó de ser un símbolo clasista y debió su vigencia, que a los tumbos perdura, a la necesidad de tapar la calva o de cubrirse la cabeza para no sufrir un pico de presión arterial o pescarse la gripe del cerdo.
Acerca del sombrero, a lo largo de la historia, se ha escrito profusamente de su dignidad, se le rindió homenajes Huxley confesó que creía que quien usara uno no podía ser culpable de malas acciones y, ya en el desborde de su valoración romántica, se le escribieron poemas.
Hoy está siendo desplazado, empujado al armario del recuerdo o reducido a gentes muy elegantes o de apellidos ilustres, por la competencia de la simpática y heterogénea gorra que nos viene de la inmigración, esa que ayudó a hacer la patria grande.
Este es, entonces, antes que cualquier otra cosa, un homenaje a la gorra. Y por dos motivos.
Uno, creo que en la multiplicación de las gorras hay una suerte de sentimiento de barrio, de expresión social seductora; el otro, por su poder democratizador: además de Mujica y Carámbula ahora la usan Bordaberry, Hierro, Lacalle, Larrañaga y tantos otros.
Además, es más barata que el sombrero, más sencilla de llevar, más abrigada al menos si se la sabe elegir y, de acuerdo a la minuciosidad y a la pretensión de quien la porte, también más elegante.
Ah, esto de la elegancia es cuestión de velocidad. A Mujica la cae según el día o cómo se la ponga Lucía: sobre la frente, tipo rabino, ladeada o chata como teja de lata. Pero me pregunto: ¿alguien habrá intentado calcular cuánto demora Mauricio Rosencof para que el «requinte» de la suya se mantenga milimétricamente igual cada día?
Ni Haedo pudo.
Compartí tu opinión con toda la comunidad