Modernización
El ascenso a los ómnibus urbanos ha adquirido la lentitud de los viejos camellos que suben las rocas volcánicas en las Canarias. No deja de ser una curiosidad, pues ocurre simultáneamente a la incorporación de una moderna tecnología para la compra del boleto.
En las plataformas con el conductor o el guarda sitiados- se hacen unas improvisadas asambleas, durante las cuales quienes están abajo, empujando sin cortesía, y quienes están arriba, apretándose hasta impúdicamente en ciertas circunstancias, imitan al Parlamento: todos hablan y nadie entiende nada.
Es la carga que sobrellevan las modernizaciones que ignoran la sencillez.
Si yo uso el transporte público de Roma, por ejemplo, obtengo el adminículo necesario tarjeta, cartón o pase-, de precio y distancias variables, en cualquier comercio cercano, al paso. Con eso en ristre subo al vehículo, lo paso por una máquina que le imprime la marca correspondiente y viajo adonde quiero. El conductor apenas si me mira, acaso para no apretarme con la puerta al cerrarla. No hay guarda.
En Montevideo, luego de extensos estudios, se ha decidido por un sistema tan variado, tan complejo y tan mal informado que ya se hacen apuestas acerca del tiempo que insumirá su correcta aplicación.
Hay exagerados que han jugado su chance al año 2015.
En fin, quién sabe.
Es que conviven la expendedora del viejo y querido boleto con la novedosa tarjeta, pero son tantos los botones a digitar y se puede optar por tantas posibilidades que sería un milagro del Espíritu Santo dispersar las aglomeraciones y el enojo.
Admito que puedo estar equivocado, como otras veces.
Tal vez en unos días las cosas encajen cual mano en guante a su medida. Sin embargo, por ahora el mecanismo se parece a una dentadura postiza preciosa, refulgente, durita, que, cuando el tipo intenta colocársela y hablar, provoca que el español se convierta en su segunda lengua, escupa sin consideración y acabe tragándosela.
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