SEMILLA
Había una vez un cuartel; en el cuartel un preso; y frente al preso un árbol.
El preso, sin otra cosa para ver, miró el árbol. Una hora, dos horas, días enteros, semanas, meses, años. En total trece. En realidad, lo vio crecer.
Cierta mañana comprobó que el árbol también lo miraba: cara a cara, fijamente. Se estuvieron mirando casi por tres lustros.
Sólo les faltó hablar pero estaba prohibido.
Y cierta tarde, ya en el filo de la locura, el preso pensó que una semillita tan pequeña como las que el árbol garuaba, no podía explicar el grosor de aquel tronco, su altura, el diámetro de aquella copa ni tampoco el trinar alborotado de tantos pájaros.
Postuló definitivamente, que al revés de lo que se creía, el árbol nunca estuvo en la semilla. Y mucho menos el bosque inminente.
Como Copérnico pero en cana, llegó a la apremiante conclusión de que el árbol estuvo siempre en la tierra: esperando y totalmente previsto.
Más aún: que estuvo hace siglos cuando comenzó a prepararse lentamente el humus que lo posibilitaría; el aire y los vientos; las lluvias y el sol. También los pájaros.
Sin olvidar la luna. La semilla, contra todo lo que se pensaba en el mundo hasta ese día, no era más que una señal; un mensaje; cierta clarinada; un campanazo silencioso para que la tierra oyera y desde sus tímpanos fuera sacando de su pecho, cielo afuera, un árbol. Algo así como un raro pozo para arriba, mezcla de lluvia con jugos subterráneos, con vientos, con luna y con sol. Hasta se podría pensar que fue el sol quien desde muchos más siglos antes lo tenía previsto y lo fue sacando desde cuando la semilla clarinaba.
Obtuvo pruebas contundentes: sembró semillas robadas en el piso hostil del calabozo y aunque durante muchos años les vigiló el talante, el más mínimo gesto, la más leve murmuración, algún movimiento, de ellas no brotó absolutamente nada hasta que una noche, por fin, las llevaron las hormigas.
Su mensaje había caído en oídos sordos. En lugar equivocado. Y sórdido… La prueba irrefutable entonces, según él, estribaba en eso: la tierra saca cualquier cosa para afuera si le vienen los mensajes, pero todas las semillas del mundo serán inútiles si no hay tierra en la que caerse muertas. Quedarán condenadas a una eternidad estéril si las hormigas de Macondo no las comen.
Es más: recién entonces, en base a esa ciencia edificada, llegó a comprender cabalmente la caprichosa costumbre de los arroyos: llevar un bosque en cada flanco. Incluso llegó a proponer que los arroyos no son más que un invento de las semillas.
O más bien de las tan intelectuales palmeras. Eran el invento de un vehículo a la vez cómodo, barato, alimenticio y con infinitas playas hospitalarias llenas de gritos suplicando semillas.
Casi ya consumada su locura, terminó creyendo que los nidos eran obra de los árboles (y los huevos y los pichones y los pájaros y los trinos…).
Al final, ya desafiantemente loco, siguiendo silogismo tras silogismo desde hermosísimas premisas delirantes, concluyó que él mismo apenas era un torbellino pasajero de sol, viento, agua, pájaros, semillas y bosques.
Y que hasta incluso las rocas, hieráticas y mudas, que sólo miran para todos lados, herméticas, incluso ellas y hasta la arena que no es más que tierra secularmente lavada por olas y ríos, lo hicieron viable y posible.
Para demostrarlo, se tapó la nariz y comprobó como ya lo había comprobado antes pero forzosamente, que si a su mente, espíritu, cerebro, o como quiera llamársele, le tapamos la nariz, lo matamos. Pero que sin embargo eso no sucede si le cortamos dos brazos y hasta dos piernas y algunas otras partes más del cuerpo. Ergo: él era perteneciente al viento.
Luego concluyó que incluso si le tapaban el sol se moría: por ende su cuerpo real era el sol.
Lo demás era aparente y engañoso, al extremo de que algunos dolores de barriga le parecían más extraños y ajenos que la humedad. En ese sentido concluyó que todo el adentro del cuerpo es hueco, poroso, lleno de caños, y que por lo tanto si pudiera realizar el cálculo de su concreta superficie externa incluyendo la de afuera y la de adentro, podría resultar finalmente, para sorpresa del mundo, como en el caso de las zeolitas, las esponjas y otras cristalerías de la nanotecnología, que su cuerpo estaba totalmente «afuera» y era un «afuera» debidamente organizado. Por lo que entonces ni él mismo sabía de donde provenían sus pensamientos, llegando a sospechar cualquier cosa.
Estaba, como se ve, totalmente loco y gracias a ello se sintió totalmente libre. Porque alojado en un pozo de dos metros de largo por uno de ancho y otro de altura tenía un buen vecindario de hormigas que viniendo de «afuera» traían semillitas, palitos, hojitas… Y porque le bastaba respirar para volar por blandas playas; beber para navegar por el Paraná hasta el corazón del continente y allí tener grandes líos con algunos capangas brasileños de la siringa e ir nuevamente preso y asociarse con estupendos contrabandistas paraguayos.
Le bastaba comer pan para sentir el calor agobiante y el inolvidable olor del trigo trillado en una era muy concreta de Castilla la Vieja manejando la yegua con el sombrerito de paja… Su filosofía delirante sería falsa pero daba resultados maravillosos.
Al fin de cuentas pensaba es tan arbitraria como la del ajedrez pero sólo aceptándola se puede jugar a ese y a cualquier otro juego.
Al fin de cuentas también pensaba la vida es un postulado mucho más endeble y, sin embargo, permite pensar.
Todo lo dicho intenta ser una respuesta para quienes incluso desde la «Academia» buscan una explicación al «fenómeno Mujica».
José Mujica no fue ni es más que una semilla elaborada, a veces muy duramente, a lo largo de años. Un mensajero, una clarinada que de caer sobre baldosas de calabozos mentales jamás hubiera fructificado y sería devorada por el Olvido.
Pero al caer en tierra fértil, abierta de par en par por generosos surcos de pueblo, puso de pie anchurosos bosques de guitarras caminantes. Multitud de flores populares. Bandadas de fugitivos pensamientos en busca de refugio.
*| Escritor, senador de la República.
Compartí tu opinión con toda la comunidad