Cooperativismo
Ayer, casualmente, mientras caminaba dominado por un vacío mental cada día me dura más, sorprendí este diálogo:
Hay que dar más participación al Estado para ordenar la economía y sostener el desarrollo.
Lo mejor es la convivencia de empresas públicas, privadas y cooperativas. Que el Estado regule.
Seguí mi camino con esta última expresión intentando llenar mi cabeza.
Surtió efecto, lector. Recordé una pintoresca anécdota de Galbraith para promover esa economía de tres pilares. Contó el famoso economista que si bien muchos predijeron, a lo largo del tiempo, el desplome de un sistema semejante, la realidad, en los países a los que vale la pena imitar, demostró lo contrario; pasa como con el abejorro dijo, su símil perfecto: expertos en física y aeronáutica aseguraron que no puede volar, y sin embargo vuela.
Este revolotear de ideas ya que hablamos de abejorros, entre otras cosas no me parece ocioso. El país va hacia el porvenir y en la cabeza de los ciudadanos se han introducido unas cuantas propuestas sobre la economía, acerca de las cuales debe discernir.
No tengo la mínima duda de la necesidad de una convivencia entre empresas públicas y privadas, en el marco de un Estado sabiamente regulador.
¿El invitado de piedra es el cooperativismo?
Si bien es poco serio definir a este sistema como la fórmula única de las relaciones económicas, se trata de un factor decisivo, construido sin afán de lucro y con un fin social indiscutible, para dar a la economía nacional el equilibrio y la equidad que buscamos. Ha sido probado, además, que si ese cooperativismo crece en un país subdesarrollado o emergente, ayudará muchísimo a diluir el desarraigo, las exclusiones en la sociedad.
Son suficientes argumentos para no hallar explicación al escaso interés que el sistema ha despertado en la campaña política. Sobre todo cuando, entre tanto, se cubre de moho, en el Parlamento, el proyecto que debería impulsarlo en Uruguay.
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