La última
El tipo sale apurado del edificio. Lleva debajo del brazo, bien apretada, una delgada carpeta.
Al llegar a la calle, vacila.
«¿Tomo un taxi?», se pregunta. Se le hizo tarde, lo esperan en el canal que contrató a su empresa y hace un frío de mierda. Amaga llamar a uno, pero vuelve a dudar. «¿Y si me da conversación? Quién sabe, un charleta… Mejor camino».
Y se larga a andar, a paso vivo, entre la gente.
Ya se sabe lo que es caminar entre la gente cuando todos salen de su trabajo: gambetea a una ancianita que viene trastabillando, luego a un hombre corpulento con una mochila al costado »¡hay que ser nabo!» y a un manguero de esos que no te aceptan un «no» sin una huida.
No puede seguir así. Quedan minutos del plazo para presentar estas cosas. Observa alrededor, desesperado, y decide cruzar de vereda. Hay cinco grados pero traspira. Le viene la loca idea de que por este viaje se agarrará la gripe porcina. «¡Todo por esta responsabilidad de la puta que lo parió!».
Ya no camina, corre, cada vez más rápido. Es como si le hubiesen metido un rosetón al rojo vivo entre las nalgas. De pronto, tropieza con una baldosa. Maldice en voz alta y uno que pasa cree que la cosa es con él. «¿Qué dijiste, cara de culo?». Él quiere explicar, el otro lo atropella, él extiende los brazos para frenarlo y entonces… ¡vuela la carpeta! Recibe una trompada en la nunca, cae al suelo y mira estremecido la carpeta. «¿Adónde está?». Un carrito la pisa, el caballo le caga encima, la carpeta se abre, los papeles se rompen y los pedazos vuelan.
El tipo, quebrado, se levanta. Lloroso, temblando, corre hacia la calle para evitar que su misión se vaya al demonio. «¡No puede ser, no, no…!». Desatento, no ve el semáforo en rojo y lo agarra de frente un 121. Muere.
La gente se arremolina alrededor del cuerpo. ¡Qué tragedia! Nadie presta atención a los papeles, que siguen volando.
Ah, si alguno se hubiera avivado. Cagada y todo, era la última encuesta.
Compartí tu opinión con toda la comunidad