Contraseña

¿UNA NUEVA OEA?

Cuando Cuba celebra, pero no acepta, la posibilidad de acceder nuevamente a un asiento en la Organización de Estados Americanos (OEA), luego de la reciente derogación de la resolución expulsiva de 1962 alentada por la administración Kennedy, no le faltan razones para autoexcluirse. La OEA ha sido indudablemente hasta ahora un bastión expresivo de la Doctrina Monroe desde su formalización en 1948, aunque ya se insinuara sin tanta institucionalidad desde el siglo XIX en varias conferencias y reuniones específicas que constituyen antecedentes de este panamericanismo hegemonista y manipulatorio, con consecuencias criminales.

Sea mediante el voto, la abstención o el disimulo diplomático de sus miembros, la OEA terminó convalidando las más abyectas experiencias históricas contrarias a los objetivos de solidaridad, unidad y autodefensa que los 112 artículos de su Carta inaugural contenían. Entre ellos, fundamentalmente, el principio de no intervención en los asuntos internos de otros estados. Su historia es la expresión cabal de la antítesis de este principio.

En una apretada síntesis de los ejemplos más groseros, a poco de su fundación, ya simpatizaba con el golpe de Batista de 1952, mientras se distraía ante las acciones militares contra el gobierno de Árbenz en Guatemala sin excluir luego la dictadura de Somoza. La OEA adeuda aún condenas a invasiones como la de Playa Girón en 1961, y a Dominicana en 1965. Si de golpes se trata, Velazco Ibarra lo padeció en Ecuador. El cooperativismo de sus iniciativas fue conocido en la «Escuela de las Américas» en la que la CIA formó buena parte de los torturadores de los posteriores estados terroristas del sur en los años 70, que coordinaron un verdadero genocidio regional a través del Plan Cóndor.

Cuando el terrorismo de estado ya declinaba en el sur, volvió a simpatizar con las invasiones, como tuvieron ocasión de corroborar Granada en 1983, y Panamá en 1989 (con probable magnicidio incluido). En este siglo, si bien la magnitud de la virulencia declinó, la artrosis política le impidió tener reflejos ante el golpe de estado en Venezuela en 2002 y padece miopía de cara a los intentos actuales del secesionismo boliviano, parcialmente conjurados gracias a la Unasur y a la victoria plebiscitaria de Evo, para no entrar en más detalles igualmente escalofriantes.

Si, en oposición a sus principios, sirvió de cobertura diplomática para las más burdas intervenciones, crímenes y vejaciones en varios países miembro, también lo fue para bloquear y posponer la necesaria reacción ante la intervención armada británica en defensa de su conquista colonial de Malvinas. El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) de 1947, que precede formalmente a la propia creación de la OEA y obliga a intervenir inclusive mediante el uso de la fuerza por solidaridad continental ante una agresión externa, no sólo no fue implementado sino que el principal impulsor de la OEA colaboró militarmente con el imperio británico y aplicó sanciones económicas posteriores a Argentina en solidaridad con su socio mayor. El carácter disparatado de la operación chauvinista de recuperación de las remotas islas del sur por la dictadura, no desmiente esta sucesión recurrente de violaciones de principios, acuerdos y disposiciones jurídicas firmadas y ratificadas.

La diplomacia y el poder militar de Estados Unidos históricamente intentaron construir marcos institucionales que sirvieran de mascarón de proa, de ornamento diplomático a sus pretensiones hegemónicas. Particularmente luego de la victoriosa desembocadura de la Segunda Guerra Mundial que le permitió delimitar y construir este marco jurídico-diplomático cuyas expresiones más amplias son la ONU y la OEA, sin excluir otras más acotadas. Ambas resultan en última instancia, la cáscara imaginaria de la paz y la solidaridad, de la igualdad y el derecho, aunque su encarnadura real se exprese con la violencia de los hechos consumados y la potencia del exterminio. Washington no sólo no ha respetado la pretendida línea divisoria vertical de norte a sur que supondría la solidaridad continental en la OEA, sino que la ha trazado horizontalmente en alianza militar, económica y diplomática de este a oeste muy por encima de la línea del ecuador. Es el imperialismo europeo su verdadero aliado (e Israel su base en Oriente Medio) y así como intervino del modo más cruento desestabilizando, bloqueando e interviniendo en América Latina, otro tanto hace en colaboración con sus aliados europeos en el resto del tercer mundo. Su bloque militar es la OTAN, bajo su cuidadosa dirección, su brazo diplomático el poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y su poder económico la regulación proteccionista de la economías centrales y la exportación de capital y corrupción hacia la periferia. Hacia allí dirigirá sus esfuerzos, acuerdos e incluso concesiones. Nunca hacia acá. Sus iguales están en latitudes próximas, no en éstas.

Sin embargo, no concluyo de lo expuesto que la decisión diplomática cubana ante la anulación de su expulsión de la OEA resulte feliz para sí y para la tendencia progresista que se viene insinuando desde el sur. Más bien, por el contrario, opino que mantiene el aislamiento cubano y debilita parcialmente a este bloque potencial en el que la isla podría jugar un rol activo importante, superador de la mera actitud denunciatoria. Tiene obviamente Cuba todo el derecho a darse la política exterior que juzgue oportuna y a construir el régimen político, social y económico que soberanamente quiera y pueda darse sin otra consecuencia que el respeto a sus inalienables decisiones.

Pero es que la síntesis de aberraciones de la OEA con las que iniciamos la columna no provienen mayormente de sus inconsistencias o contradicciones estatutarias, sino del incumplimiento y violación práctica de estas disposiciones jurídicas y principios enunciados y formalmente convalidados. Hoy Cuba continúa siendo un país absurdamente bloqueado y, peor aún, militarmente ocupado, en el que funciona (o funcionaba: la ambigüedad y opacidad informativa de la gestión Obama al respecto no permite conocer el tiempo exacto de esta conjugación verbal) un centro clandestino de detención y tortura en franca violación a los estatutos si fuera país miembro. Debilita por tanto una posibilidad de exigencia de inmediato cese de la agresión económica y diplomática y de retirada del territorio ocupado que contaría con suficiente predisposición política actual y probables mayorías crecientes en la instancia continental objetada.

La propuesta político-diplomática cubana de desmantelar la OEA para «fundar una nueva organización de países latinoamericanos y caribeños, sin EEUU», plantea en mi opinión una falsa disyuntiva. Así como la Casa Blanca no se abstiene de hacer acuerdos y alianzas de todo tipo con sus socios imperiales e institucionalizarlos, como la OTAN, el G7, 8 y otras variantes numéricas menores presentes o futuras, tampoco lo es la intención cubana (y últimamente también venezolana) de crear instituciones más homogéneas y precisas de integración. De hecho, las embrionarias experiencias del Mercosur, el proyecto del ALBA y el Banco del Sur en el plano económico, la Unasur en el político-diplomático, Telesur en el plano mediático contrahegemónico, o una futura coordinación de defensa subcontinental, no están condicionados a la OEA y pueden coexistir. Del mismo modo que la derrota del proyecto ALCA que Bush recibió en Mar del Plata no le impide a Estados Unidos intentar tratados de libre comercio por medios bilaterales o configurando algunos bloques menores con países satelitales, tal como lo hace en el resto del mundo con consecuencias políticas y militares. Así como a los trabajadores no se les ocurriría acudir individualmente a consejos de salarios o laudos frente al capital, o quedarse afuera de las discusiones sobre sus propias condiciones laborales, tampoco Cuba y las aún débiles experiencias progresistas pueden retir
arse de una arena de confrontación diplomática continental. Menos aún, si pueden hacerlo en bloques articulados por principios y horizontes básicos en común.

Sostuvimos en contratapas dominicales anteriores que la anulación de la resolución expulsiva es consecuencia del cambio de la correlación de fuerzas con el norte, como resultado de la incipiente acumulación de luchas e iniciativas organizativas, políticas y electorales de los desposeídos en el sur. Luchas que van configurando, mucho más lentamente que lo deseado, algún consenso y predisposición antiimperialista, que obliga a Washington a ciertos retrocesos y «gestos diplomáticos de buena voluntad».

Pero hay un aspecto complementario, cuyo desarrollo por razones de espacio dejamos para otra oportunidad, que es la propia debilidad del régimen político cubano a pesar de sus hazañas socioeconómicas que, comparativamente con sus vecinos geopolíticos como Jamaica o la binacional isla de Haití-Dominicana, la posicionan en un lugar admirable. Cuba no es una amenaza al imperio, no sólo por la extinción de la guerra fría y su posible rol «conspirativo», sino porque no constituye un modelo político a seguir, incluso por masas que acompañan iniciativas de transición al socialismo como aparentemente se insinúan en Bolivia y Venezuela.

Retomando entonces la discusión táctica que hoy nos ocupa, la OEA no necesita cambiar de siglas, ni retocar mayormente su Carta Democrática para dejar de ser maquillaje del imperio. Tampoco ser evacuada inevitablemente. Sí requiere dejar de ser un sello subrogante (y arrogante) para el menos convertirse en Oportunidad de Ejercicio Argumental.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. [email protected]

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje