Indiscreto
Hay gente que se conforma imaginando el mundo como le gustaría que fuese. Es la gente a la que la realidad no molesta.
Hay gente que, a fin de lograr ciertos fines, utiliza a otros como medio, tal como graciosamente expresaba Wimpi: »Usted vaya y dígale que es una bestia. A ver, ¿cómo le va a decir?
Usted es una bestia.
Muy bien, pero dígaselo como cosa suya, ¿me oye?».
Y hay gente de verbo incontinente, aquella que siempre dice lo que piensa, a su aire, sin importarle circunstancias ni consecuencias, y que se queda tan campante.
Si quien tiene las características de este último tipo es un embajador extranjero, puede ser, además, un indiscreto. Es decir, alguien que debido a las especiales normas que regulan su actividad en suelo ajeno obra sin discreción ni prudencia.
Hay uno que nos trae de cabeza. Se mete donde no le llaman, habla de lo que no le corresponde y arma unos líos de órdago.
No es asunto de intenciones, al menos eso supongo, sino más bien de carácter. Si no mete la cuchara y revuelve el puchero, como hacía Angel Villoldo hasta encontrar el choclo, pareciera que dejase de ser él.
Por acá, a ese embajador muchos le llaman amigo. Creo que lo hacen con sinceridad, probablemente porque es simpático, dicharachero, buen acompañante para asados o picadillos, hombre siempre abierto a escuchar, a hacer favores sencillos y que tanto gusta perorar de tango como de fútbol o de religión y, a veces, aunque no debiera, de política. Es uno de esos hombres, tal como suele decirse, entradores. Pues bien, ese embajador está de nuevo en el centro de la polémica. Simplemente, por más que se quiera maquillar los hechos, ha sido indiscreto. Se ha inmiscuido, en una suerte de reiteración real, en asuntos internos del país que lo ha acogido.
Usted, lector, ya habrá adivinado a quién me refiero.
La cuestión es hasta cuándo durará esta incómoda situación. Si se jubilara y decidiera quedarse entre nosotros sería otra cosa.
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