Pronósticos
A veces es mejor no buscar explicación a ciertas cosas. También es verdad que ciertas cosas, por multiplicación de su absurdo, necesitan ser explicadas.
Caso de los pronósticos meteorológicos. Es tan difícil como explicarle un terremoto a un espasmódico crónico, pero lo intentaré.
Por ejemplo, recordemos la entropía, magnitud que da el grado de desorden o caos de un sistema; estos pronósticos serían un sistema que ha caído en un profundo caos. Luego que uno los recibe, analiza y contrasta con la realidad, le viene a la memoria Avicenas, médico y filósofo persa quien estableció la teoría de que un estornudo anunciaba una enfermedad, generalización que la ciencia y el tiempo este buen hombre vivió entre 980 y 1037- pulverizaron.
De esa época viene el «¡salud!» con que uno, si ha sido bien educado, contesta aún hoy cada estornudo de esos que, cotidianamente, la vida nos regala.
En mi humilde opinión, a los meteorólogos uruguayos los zancadillea, además de su formación relativa y la falta de infraestructura técnica, la urgencia de los informativos radiales y televisivos. Ah, sí, ¡pronósticos a cada rato!
¿No han pensado que los descacharrantes errores quizás disminuyesen al espaciar tales informes? O si apostasen a uno solo, suficientemente dramático, como aquel famoso astrofísico que anunció que «los días de la Tierra están contados», aclarando que el fin ocurriría «de aquí a unos 8.000 millones de años».
Mientras reflexionan acerca de esta sugerencia, que admito audaz, les quedarían otras opciones.
Ante cada pifia, hacer la del papa Gregorio XIII quien, al implantar el calendario que lleva su nombre, borró diez días de la historia; los meteorólogos borrarían el día maldito de su equivocación cuantas veces fuese necesario.
Informar las predicciones en esperanto, así nadie las entiende.
Pensar que la verdad está en un aforismo: «Si mil veces te levantas y mil veces te derriban, comienza a analizar el retiro».
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