El programa
Por una cuestión cultural, en la que han tenido que ver las religiones, el hombre se cree, aunque no lo admita, inmortal. O, mejor dicho, actúa como tal: las cosas malas le ocurren a los demás.
La enfermedad de Astori de la cual le deseo una pronta recuperación ha expuesto este viejo asunto en el ámbito político. Precisamente por las debilidades inherentes a la condición humana, son más importantes los programas que los candidatos. Si un programa de gobierno enferma no será porque es un ser vivo, sino porque algún vivo metió mano y le cambió el rumbo.
¿Qué pasaría si la recuperación de Astori se demora?
¿Qué pasaría si mañana un virus afecta la salud de Mujica y lo saca por un tiempo de la carrera?
Sin ánimo de molestar a nadie, y pidiendo disculpas por la alusión fúnebre que viene, necesaria para que se entienda mi pensamiento, ¿qué pasaría si antes de llegar al objetivo final, el gobierno, el candidato elegido muere?
En la medida que el programa de su partido sea lo esencial, lo más fuerte, lo sustentable, no debería ocurrir otra cosa que una congoja sincera, los homenajes de costumbre y el recuerdo perdurable. Pero el camino trazado se seguiría andando por el partido político al cual ese hombre representaba, con otro dirigente a la cabeza.
Ahora bien, en la medida que se desproporcione la incidencia del candidato, su desaparición puede sumir a miles de ciudadanos que lo han seguido, y a la propia fuerza política que ha liderado, en una confusión incómoda y peligrosa.
Sólo por esto que es suficiente me interesan las campañas preelectorales que hacen hincapié en los programas y aseguran la fidelidad de todos sin excepciones, más allá de las imprevisibles circunstancias, para beneficio de quienes deberían darle su voto a esas ideas y no a las personalidades, por fascinantes que sean.
Los personalismos a veces comprensiblemente seductores implican riesgos.
No están de más, para nada, el realismo y la previsión.
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