Epilogar
Borges, al hacer mención a sus cuentos, prefería los epílogos a los prólogos. Tenía un motivo considerable: «Prologar lo no leído es tarea casi imposible, ya que exige el análisis de temas que no conviene anticipar».
Entre legisladores uruguayos han aparecido imitadores. Claro, prefieren el epílogo de las cosas por razones muy diferentes.
Un ejemplo esplendoroso lo han dado senadores de la oposición el miércoles pasado: habiendo convocado a sala al ministro de Economía quien concurrió con puntualidad más británica que de poeta de carnaval hicieron mutis por el foro y se debió levantar la sesión.
Hasta quien convocó al ministro García el nacionalista Gallinal, preocupado por el aumento del tope de endeudamiento se mostró incómodo. Rindámosle un modesto homenaje: estaba presente, y en hora. Algunos de sus correligionarios, que fuera de tiempo llegaron a sala, y parafraseo ahora a otro famoso escritor argentino con su proverbial modestia, o tal vez indiferencia, se retiraron a sus despachos como si todo estuviese en su lugar. Es decir, epilogaron casi con fruición.
¿El ministro? Debió regresar a la compleja tarea cotidiana.
El hecho admite adjetivos del tipo de grotesco, patético o ridículo.
Hace mucho tiempo, alguien que conocía los hábitos parlamentarios uruguayos, dijo, en un rapto de honestidad intelectual: «No se cometen muchos errores. Lo que pasa es que muchas veces se cometen los mismos».
Pues bien, estos hábitos tales como escandalizar hasta que se presente algún ministro y luego llegar tarde a la cita y epilogarla le hacen un terrible mal a la imagen del Poder Legislativo.
Vuelvo a Borges. Quienes se comportan así asumen una disculpa parecida, por el absurdo, a la que el personaje de «Utopía de un hombre que está casado» hace al fin del cuento: «En mi escritorio (…) guardo la tela que alguien pintará, dentro de miles de años, con materiales hoy dispersos en el planeta».
Total, mañana será otro día.
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