Benedetti
Un artista, se dice, es importante por su obra.
Casi siempre, sea quien fuere el artista al que se nombre o al que se homenajee o se recuerde por circunstancias diversas, se piensa en cumbres del arte universal como Miguel Angel, Shakespeare o Mozart, como si se necesitase tan soberano respaldo para dejar fuera de discusión el aserto inicial: la trascendencia de la obra.
Pero la vida misma del artista quiero decir la continuidad moral y ética hasta el fin, sin fisuras, de una conducta humana ¿puede ser parte de esa obra o hasta la obra misma en su dimensión mayor, como un todo indisoluble?
Creo que sí.
Tal la imagen que me he creado, en horas aciagas, de Mario Benedetti, un artista cuya obra, ésa que lo trasladará al mundo de los clásicos, está más en su propia vida que en su literatura.
Esto tiene que ver con lo excepcional que es hallar una coherencia tal entre el cotidiano vivir y los poemas, los cuentos, las novelas, los dramas y los ensayos que el artista puede ir creando desde temprana juventud. Tengo la esperanza de que este sentimiento porque lo que he dicho es, en verdad, más una emoción que un razonamiento sea compartido por muchos otros, pues me parece que así se rinde un reconocimiento justo, integral, mejor, entrañable, a quien tanto dio, no sólo escribiendo, sino reflexionando acerca de la realidad y militando, a su manera tan serena, tan benevolente, por aquellas ideas en las que creyó siempre.
Se me ocurre que pensar a Benedetti, a la hora de la despedida, sólo por el disfrute que puede encontrarse en su arte, es una suerte de reducción.
Es que la dimensión y profundidad de su vida intensa abarcó también algo que sólo puedo describir con palabras de Hermann Hesse, insuperables para mí: «Yo prefiero al hombre no cuando empieza a creerse artista, sino cuando inicia su lucha y pone su hombría allí donde residen los problemas de su vocación».
Mario Benedetti dio esa lucha hasta el suspiro postrero.
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